Diario de León

Sinesio Rodríguez ha pasado sus últimos 40 años como misionero en Zambia

«En Uganda fui expulsado porque los políticos luchaban contra la religión»

La labor de Sinesio Rodríguez pasa por lo más primario: comida y sanidad

La labor de Sinesio Rodríguez pasa por lo más primario: comida y sanidad

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El Seminario Mayor respiraba en la mañana de ayer un aroma a catolicismo entendido a la manera de Cristo, al modo de labor pastoral y misionera. La luz de la plaza de la Regla se colaba hasta el claustro mezclando las llagas de los religiosos de su peregrinaje por el mundo con los discursos de un sacerdocio atemporal. Entre ellos, destacaba la presencia de un hombre tranquilo: rostro afilado, gafas gruesas, pelo cano y larga barba blanca de predicador. Sinesio Rodríguez nació en Matallana de Valmadrigal (entre Sahagún y Valencia de Don Juan) y ha ofrecido los últimos cincuenta años de su vida a la labor misionera en el continente africano. «Es bonito volver a casa y reunirnos todos en estas convivencias, aquí encontramos acogida, entusiasmo, testimonio y fuerza para seguir con nuestro trabajo en la lejana África», comentó Sinesio con una voz grave y unas palabras que se deslizaban lentas, piadosas, como las de quien tiene todo el tiempo del mundo. Hace más de medio siglo, el voto de obediencia llevó a este religioso por los caminos de la predicación y sus pasos le encaminaron hacia Uganda -entre el Congo y Kenia- a orillas del lago Victoria. Allí, vivió en sus propias carnes el proceso de independencia de los reinos interlacustres de Buganda, Ankole, Toro y Bunyoro. «Todo era muy nuevo para mí, y no lo pasamos bien» -recordaba el religioso-. «Fuimos expulsados por las fuerzas políticas ugandesas porque luchaban contra la religión y eso que nosotros sólo pretendíamos ayudar a los más necesitados en medio de la miseria». Los pasos se hacían eco en los pasillos del claustro mientras Sinesio Rodríguez recordaba su vida, saboreando cada sílaba. «En Uganda estuve algo más de tres años, después de salir de allí me dirigí a Zambia -situado en el centro del sur de África- y he pasado en ese país los últimos cuarenta años de mi vida, en servicio a Cristo». «Allí las necesidades se centran en lo más primario: en la comida, en el vestido, en la sanidad... se pasa hambre», apuntaba Sinesio mientras miraba de reojo a un reloj de pulsera metálico, inquieto por llegar tarde a la Eucaristía de la Catedral. «Hay unos enormes contrastes de cultura y lengua con las que nosotros crecimos. En esa zona de África la excalvitud no es cosa del pasado y la pobreza y la miseria son protagonistas en la vida de miles de personas». Los últimos asistentes a la reunión cruzaban los sólidos muros del edificio cuando el misionero retomó su labor evangélica. «Debemos luchar por los derechos humanos, por otros valores, por tirar la superstición y recuperar ciertos principios morales que les son del todo desconocidos; pero encontramos un pueblo que recibe el mensaje de Cristo con los brazos abiertos, muy interesados por conocer un mensaje nuevo». Mientras habla, Sinesio revisa con una rápida mirada su vestuario -camisa clara, pantalones discretos, modesto maletín... clásico- y busca las diferencias de la vida africana y la del viejo continente. «En Europa estamos en la vorágine, entre la multitud, el ruido y la urgencia y en las misiones vivimos, metafóricamente, en la eternidad». Sinesio salió a la Catedral. Y despacio, tranquilo, se perdió hacia la eternidad...

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