Margarita Merino de Lindsay WONDERLAND
Galicia en flash-back (I)
AH tu cálida esencia que arropó mi infancia, la bruma del suave colorido que acompañó mi adolescencia, perdida ya, Galicia, la esperanza de sentirte de nuevo como en aquellos días que descubro felices, lejana defini-tivamente la que no pude ser. Un aroma de humo, de algas y eucaliptos, una quietud de tiempos apacibles detenidos en el escaño de los hogares al amor crepitante de fuegos que confortan la soledad primera que no ha llegado a ser del todo lugar a la intemperie, fiera acorralada en los chozos del tiempo que arrebató tu regazo de madre, turba mi corazón desventurado en los adioses, enfermo de tanta despedida inconsolable. Huelen los manteles muy blancos a espliego y hierbabuena oreados a un tibio sol que acaricia la colada entre chaparrones de llovizna, caladora y fría, arcos iris pálidos, nubes plomizas y céfiros suaves que revuelven las telas. Miro las alacenas y los aparadores con sus candelabros de plata maciza, los marcos que guardan fotos sepias que inexplicablemente me entristecen donde posan matrimonios serios, niños, muchachas y muchachos, ancianos de ojos penetrantes donde escruto el pasado vestidos de otra época, los objetos de delicada porcelana que han sobrevivido a los banquetes y las las fiestas y su revuelos de vajillas. Hay grises almanaques olvidados, botones y pañuelos, un misal con estampas y recordatorios de difuntos en un cajón bajo las vinajeras. Me gusta la penumbra de los salones de la casona de Cervo y sus habitaciones amplias donde crujen las tarimas oscuras, quejido que respira soñoliento arponeado por los pasos. Me gusta, sobre todo, con sus perros de caza la casa blasonada de los Crego: ellos me buscan compañeros, me reciben saltando de alegría, corren a mi vera, me lamen las manos y la cara en los descuidos, ungiéndome de baba y jugamos en el huerto al abrigo malva de las hortensias rosazules y los arbustos de lilas, antes de que los anfitriones me insten a disparar, como ellos lo hacen, para afinar la puntería, al plato, a dianas y latas entre bromas; pesan las escopetas, me tumba el impacto de la repetición de un retroceso enérgico y salto hacia atrás, caigo sobre la hierba manchándome de verde entre sus risas. Huele aún la gloria dolorida de la infancia arropada unos instantes de tregua en un lecho de hojas que amortiguan la vida, la intensidad de su misterio que nos siembra el alma con rutas azarosas. Qué guapas están Elisa y Carmiña, María Estrella que en estas horas no es distante: ellas rompen su muro y ríen juntas de cosas que no escucho en los albúmes de fotos. Hoy haremos churrasco, José Ramón, el primo de Argentina que viene los veranos, sabe tratar la carne como nadie, vamos en moto a buscar un detalle olvidado que urge a la merienda, Chema nos encuentra en el camino, ha llegado Marité y ya están don Boni y Cosme discutiendo de política por el placer de argumentar. Y se gritan, se enfadan, se reconcilian tan amigos, después de un huracán de puntos de batalla, coronel y abogado, alternando mano a mano, el ataque, a ráfagas que amortiguan tan culta ira de palomas torcaces, metamorfoseándose veloces en halcón o gavilán, para acabar pausados en plácidas cigüeñas, en grajos que ríen vigilantes de catedrales góticas, compadres en a miña terra meiga, ya gaviotas dispuestos a volar a las banderas del salitre, soportales serenos de mis días gorriones que se van. (Continuará) (Para mi madre y la tía Mané)