Diario de León

Luis Artigue EL AULLIDO

Serrat y Amancio Prada o viceversa

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León

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HAY un Amancio Prada en Cataluña que se llama Joan Manuel, o un Joan Manuel berciano que se llama Anancio Prada, no lo sé. El caso es que la actualidad regala a los espíritus atentos nuevos trabajos de estos dos aventureros del idioma, tan empeñados ambos por embellecernos la vida y colaborar al rearme moral de este país. Amancio Prada, con su exquisita sensibilidad románica, sigue oficiando como juglar místico igual que hace veinticinco años, y por eso acaba de revisar y volver a grabar con Luis Delgado el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, incluyendo como novedad otros cuatro poemas y un villancico del mismo autor del siglo XVI. No cabe en mi prosa la belleza de este CD, la belleza cisterciense de esas Canciones del alma entonadas desde dentro junto a las voces blancas de una escolanía segoviana con el propósito de ponernos, mientras lo escuchamos, en repentina sintonía con la vida trascendente. A este berciano Ave Fénix, que parece hacer nacido de las antiguas ruinas del Monasterio de Carracedo, le debemos algo más que la música en dicho trabajo, también la comunión con el texto, el logrado entendimiento del espíritu de esos versos humanos engendrando así una arquitectura musical milenaria, piedra viva, que nos conecta con nuestros orígenes y nuestra condición de romeros y peregrinos de la vida. Creador sin concesiones, sin disonancias, continúa demostrándonos que la belleza, a pesar del imperante reinado de la vulgaridad, sigue teniendo su público, y es un público minoritario pero fiel. La belleza como transgresión, como protesta, como ética útil. Es ése un talante del que no se ha desviado Amancio Prada, y que ha ido intensificando con cada uno de sus discos, entre los que recordamos emocionadamente Tres poetas en el círculo, Emboscados y el reciente Escrito está. Del otro lado, lejos y cerca, se publica un CD titulado Versos en la boca de ese trovador posmoderno, lúcido e introspectivo que sigue siendo Serrat. No negaré que musicalmente parece un poco reiterativo, algo justificable teniendo en cuenta la dilatada trayectoria, pero cada una de sus letras sigue conformando un tratado de cotidiana perspicacia, sencillez, y compromiso dentro de otra obra útil para una buena educación sentimental. En este sentido hay dos canciones compuestas a partir de poemas, uno de Eduardo Galeano (La mala racha) y otro de Luis García Montero (Señor de la noche), pero el resto son letras propias donde no cuenta tantas historias como últimamente nos tenía acostumbrados en sus imprescindibles trabajos Utopía y Nadie es perfecto -pasamos por alto el episodio Tarres, un espectáculo con heterónimo que pasó por León y no entendimos a cabalidad-. Ahora más bien se va a las esencias y experiencias recopiladas en toda una vida despierta, y reparen sino en canciones como Los recuerdos, Qué sería de mí, o Es caprichoso el azar, donde colabora la voz de ángel de Noa. La única historia contada en clave narrativa, elocuente y lúcida, es La bella y el metro, además del single De cuando estuve loco. Serrat y Prada, habitantes imprescindibles -imposibles de piratear- de nuestro inconsciente colectivo y nuestra formación vital, que es siempre autodidacta. Referentes actuales que mantienen vivo, en estos tiempos poco propicios para la lírica, el espíritu de la poesía que está en la música. Para no perder su cíclica costumbre ya otean el horizonte nuevas guerras, viejos espíritus nacionalistas insolidarios y el crepúsculo de las ideologías, pero también, de vez en cuando, algunos imprescindibles seres con talento y empeño vuelven para reconciliarnos otra vez con el mundo. Salvo en los conciertos, donde se hace posible la corona de laurel del reconocimiento, suele ser personal y secreto el agradecimiento a los creadores musicales que generosamente tratan de hacernos crecer por dentro y desde dentro. Hoy yo, utilizando el privilegio de este espacio, convierto en palabras el aplauso de muchos de ustedes al escribir esto.

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