Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
Ser o no ser de los nuestros
NO se si será desgracia propia de mi naturaleza o conflicto creado por determinadas especies humanas, que hacen de la política no una manera de pensar ni de racionalizar la vida pública, sino una manera de ser. El caso es y a lo que se me alcanza que será de mí, de nosotros, es que nunca fui de los nuestros. Es más nunca supe quiénes eran los nuestros, ni siquiera si existían «nuestros» en mi lenguaje. Se considera que los nuestros son los fieles, los que van con nosotros, los que se atienen a la misma temperatura, piensan, hablan, comen y aman respondiendo a unos determinados cánones y costumbres. Porque lo de la «nostredad» ideológica hace ya muchos años que en España no se usa. Mientras la sociedad aparece sosegada, tranquila, serena y sin demasiadas ganas de cambiar de postura, a nadie se le ocurre, dividir a las gentes entre «Nuestros» y contrarios. De modo que ser de los nuestros, en esencia, es adscribirse a una cierta manera de matar pulgas. Y así que se anuncian, por todos los relojes oficiales, que se acabó la gran siesta y que da comienzo el tiroteo, el concepto de «los nuestros» toma un valor enorme, hasta el punto de que ya la sociedad acepta como natural la distinción entre aquellos que son de los nuestros y los que no lo son. Las elecciones obligan a que el personal libre de impuestos se declare de quien es o podrá ser o deberá considerarse: de los nuestros o de los otros. Porque están sonando los timbres que nos convocan a las urnas, o sea, a elegir de entre los propuestos aquellos que podamos considerar de los nuestros o de los otros. Porque una vez esclarecidas las posturas, obtendremos la conclusión de que a los nuestros hemos de concederles todo, desde el voto a la coronación. Y a los otros, ni el aire. En León se ha venido practicando esta ley electoral desde los tiempos de Romero Robledo que nosotros recordemos. Y resultaban anécdotas bien conocidas las de aquellos candidatos de buena fe que se prestaban para servir a la causa y se encontraban con que al no ser de los nuestros, es decir al no figurar entre los incondicionales, con el juramente de obediencia debida, quedaban excluidos. De modo que las listas se quedaban con los nombres de aquellos militantes o aproximados que de hecho y de derecho habían jurado amor eterno a los capitanes corsarios: Los nuestros. Cuando en León se produjo el período que todos considerábamos de auténtica liberación, ya vencidas y fugitivas las fuerzas de la intolerancia y de la tiranía, dimos en votar a un jovencísimo candidato socialista, creo que procedente de Albacete. Se apellidaba Lozano y se le ocurrió, como modo original de desatar lo que tan bien atado había dejado el soberbio gallego ferrolano, componer un círculo de consejeros, afectos o no a la doctrina del diputado. Y sugirió unos nombres que pudieran servir para la ordenación de una candidatura abierta, formada con hombres nuevos y con ideas claras de futuro. Se propusieron los nombres y como una réplica incontestable, surgió el anatema: «No cabe tener en cuenta a los propuestos, porque no son de los nuestros». Y efectivamente fueron borrados del mapa electoral los novísimos, dando entrada y responsabilidad a los nuestros. Y en este equívoco fatal de los nuestros y de los otros, seguimos estando año tras año, elección tras elección, contemplando con desolación cómo pasaban por las listas de los elegidos, los nuestros, sin otro mérito ni cualidad. El resultado fue catastrófico y cayeron formaciones de todo signo, envueltas casi siempre por el nauseabundo torbellino producido por el manejo impuro de la cosa pública. Se hicieron tan ostensibles los defectos de esta clase de conjunciones políticas que sus malversaciones, sus raterismos, sus manipulaciones dieron, (aunque con mucha cautela) con algunos de los más responsables en la cárcel. Pero la práctica de la elección entre los nuestros para el servicio político del común se mantiene. Se supone y se teme que hasta que revienten los caballos. ¡Que Dios nos coja desmontados!