Victoriano Crémer CRÉMER CONTRA CRÉMER
Ya se acabó el alboroto, ahora llega el tiroteo
LO de que en boca cerrada no entran moscas y lo de que por la boca muere el pez, no va ni con nuestro tiempo electoral ni con nuestros ilustres candidatos. El que más y el que menos suelta la lengua que es un placer escucharles y quien no se acuerda del árbol genealógico del uno, se acuerda de la masa arbórea de toda la familia. Política, se entiende. Si Dios nos hubiera dotado de paciencia, de talento y de buena voluntad, posiblemente hubiéramos emprendido la composición de una Antología del Disparate, o si se prefiere de una «tontología electoral», recogiendo, para general conocimiento y posibles enmiendas y raspaduras, algunas o todas las arengas mediante las cuales se intenta convencer al personal de la bondad de nuestras intenciones y de la fragilidad de los proyectos propuestos por el rival. Y se alcanzará a escucharse frases tan lapidarias y falsas como estas, que tanto se repiten ahora y en la hora de nuestras propagandas: «Por suerte mucha gente ha olvidado buena parte de la historia del siglo pasado». Será porque los fedatarios han muerto, pero no porque los supervivientes hayan alcanzado el estado de gracia de olvidar. Porque lo que debe estar claro es que olvidando se pierden las huellas de nuestro pasado y quien olvida o elimina de su memoria el pasado está expuesto a repetirlo o lo que quizá sea peor, a enmendarlo para mal. No, aquí nadie olvida. Es posible, es casi seguro que los españoles, que somos parte de un pueblo sentimental y piadoso, hayamos perdonado. Perdonar sí, pero coña, no hay por qué olvidar aquellos momentos trágicos de la vida de los españoles, ni por supuesto hay que recordarles con espíritu de revancha, confiando en que el tiempo acabe por dar gusto a todos. Convendría que en estos momentos de ensayo general con todo de la gran función de las elecciones, aquellos que están llamados a ser protagonistas repasaran sus papeles y consiguieran retener, para su correcta emisión al público, muchos de los tópicos que estamos dispuestos a manejar con tal de quebrantar el crédito del contrario hasta su exterminio moral. Y esto no se logra infundiendo la falsa doctrina del olvido como terapia de grupo para alcanzar la salud política plena. Se piensa que en esta ocasión -que no es ni mucho menos la más alta que vieron los siglos- los paladines utilizarán las nobles armas de la caballería, relegando a la condenación los navajeos y las puñaladas traicioneras. Se moderarán los textos del discurso para evitar el exabrupto y la calumnia, pero no se rebajará el tono de la voz hasta el extremo de que resulte difícil su audición. Las cosas claras y el chocolate espeso. Las ideas, si las hubiere, al alcance de todas las dinastías, pero sin trucos ni trampas falsas, como la de que al que obliga buena sombra le cobija, o la más artera de que olvidando y con el mazo dando. Quiere decirse que parece ser que nos encontramos en un proceso de fabulación política en cuyo desarrollo todo vale, si se siguen las instrucciones establecidas por el mando; entre las cuales se empeñan en que figure la de olvidar, porque el que olvida descansa. Y no es verdad, porque para descansar es indispensable disponer de un estado de conciencia limpio de polvo y paja y quien tiene algo que olvidar, no alcanza el descanso por muy temprano que se levante y por muy creído que se tenga la doctrina. Creo sinceramente que precisamente es en este tiempo electoral cuando cabe demandar una mayor transparencia, no solamente en el comportamiento, sino también en el discurso, para que todos nos entendamos. Porque si todos jugamos a olvidar, lo más probable es que se produzca el fenómeno tan español de volver a las andadas. Abramos puertas a los campos de Montiel por donde está previsto que galope el Don Alfonso de la Mancha, y embracemos el escudo de la imaginación para gobernar con equidad y con justicia... pero sin olvidar nada.