El ascenso del joven canónigo
—Ha ocupado sus cargos muy joven, cuando en la carrera eclesiástica los ascensos suelen ser lentos. ¿A qué se debe?
—Es verdad. Creo que se nos ve esta aparente juventud en el contexto de la Iglesia, donde los cargos están ocupados por gente mayor. No sé si es bueno o malo, pero es así. Tengo cerca de 50 años, y en el mundo civil es cuando las grandes empresas son dirigidas por gente de mi edad. A veces estás donde están buscando a alguien. Es verdad que fui de los más jóvenes en la Conferencia Episcopal, y ahora aquí también. Es así.
—¿Cree que su ascenso seguirá, se ve por ejemplo como obispo?
—No, no, ni por asomo. Será en todo caso lo que decida la Iglesia. Ahora lo que toca es trabajar por San Isidoro.
—Sustituye a Francisco Rodríguez Llamazares, que ha estado en el cargo 20 años. ¿Cuál es su legado?
—Francisco tuvo la difícil misión de asumir la abadía después de Antonio Viñayo, el gran abad, sabio, renacentista. Él le ha dado al Cabildo un tono de cercanía. Vivimos juntos desde hace años, así que el traspaso es sencillo. Le tocó el cambio radical de la cara de la Colegiata. Teníamos la basílica absolutamente ennegrecida y sucia, por las calefacciones; y le tocó la difícil decisión de cerrarla, limpiarla e iluminarla. Después la antigua casa de espiritualidad, que estaba muy deteriorada, y afrontó el proyecto de convertirla en el Hotel Real Colegiata. También arreglar la casa de canónigos. Inició las obras del museo. Es decir, le ha tocado abordar el período más importante de obras en la Colegiata.