El curso del tren se frenó con desinversiones y la alta velocidad a Galicia por Orense

La sede de la séptima zona de Renfe que acabó en un desierto ferroviario

El declive devora el futuro del ferrocarril en León tras ser referente del noroeste durante medio siglo

Andén principal de la estación de León, cuando se cortó el tráfico en superficie.archivo

León

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Hace falta caminar con la mirada fija en el suelo para no advertir la cantidad de elementos que quedaron como vestigio de la pujanza del sector ferroviario de León; a veces, ni así se pueden evitar. Todo el entorno del perímetro del tren está salpicado de testigos de cargo de que hubo otro momento, floreciente, en las antípodas de esta escena de abandono que subsiste en mitad de las dos aguas del barrio del Crucero y el Bernesga. Las persianas caídas de la residencia de la calle Astorga, el solarón de la hijuela repartida, las placas que conmemoran las compañías de los caminos de hierro, la estación jubilada, la marquesina que se salvó del naufragio casi en mitad del hundimiento del barco; que llegó a ser transatlántico, con aquella aportación industrial de las bases de mantenimiento, en pleno esplendor con un tren por vía de entrada a talleres, que se puede rememorar gracias al archivo visual de algunos devotos del ferrocarril se han encargado de conservar en documentos de vídeo. A los viajeros de la docena de trenes que subsisten en León al día no sospechan el bullicio que fue el ferrocarril para este barrio, para esta ciudad, para este territorio, cuando León fue capital de la séptima zona de Renfe en España; la que abría paso a la comunicación del noroeste, que integraba las cuatro provincias gallegas, Asturias, León, los bordes limítrofes con Zamora y Palencia; las zonas se concretaban con siete núcleos de referencia; Madrid Norte vinculado a Príncipe Pío), Atocha, Sevilla, Valencia, Barcelona, Bilbao y León, según quedó dispuesto a finales de la década de los años cuarenta del siglo pasado, con un modelo de ordenamiento y gestión territorial que fue la base y el reservorio para el desarrollo ferroviario sucesivo. Todo el material rodante, los coches, los vagones de mercancías, llevaban grabado a fuego sobre el metal el distintivo y la serie de la pertenencia a la zona concreta; y cada área de gestión disponía de una estructura de mando que encabezaba un director de zona, con una autonomía de gestión que ahora se podría considerar anacrónica. En ajustes posteriores, Chamartín, que entró en servicio en 1967, asumió parte de las competencias asignadas a la zona siete. Aquel momento floreciente para el ferrocarril en León quedó liquidado cuando el emporio del tren se dividió entre operadora y mantenimiento y estructura, y el negocio se dividió entre material rodante y explotación, Renfe actual, e infraestructura, al verde Adif. Antes de esa separación, traumática para casi todo lo que había abarcado la séptima zona que llevaba el sello de León, ya había dos golpes letales para el futuro: la decisión de llevar la alta velocidad a Galicia por el curso de Zamora y la desinversión progresiva en torno a talleres, el sustento industrial de la compañía en León. Las referencias ahorran cualquier tipo de exageraciones con el legado; había una estación que hacía de enlace hacia Asturias y hacia Galicia; centro de formación de maquinistas en aquel periodo en el que había un regimiento militar vinculado a Renfe; que se empleaba como palanca para prestar servicios de ayudante en el sector ferroviario y, una vez saldado el compromiso con la patria, se allanaba un acceso a la compañía ferroviaria , desde una puerta de entrada que abría una dedicación profesional. El nudo rebosaba como referente con un gran depósito de material, que aún coleó hasta quedar obsoleto, con León alejado ya de la fluidez de la renovación, que ha dejado anclado este punto del mapa, lejos de las exigencias competitivas y los referentes que marcan ahora el paso de la circulación. Para redondear la distancia de este ferrocarril de León frente a la posición destacada que gozaba en la séptima zona de Renfe, se ofrece la estación; un edificio que alberga una terminal de ferrocarril igual que podría contener un supermercado de una cadena alemana, una caja o continente que se ha armado a plazos con el condicionante de hacerse eterna mientras tiene aún colgada la etiqueta de provisional. Quedan imágenes como legado de aquel momento puntero que vivió León gracias al empuje del ferrocarril, base de tantas expediciones y cometidos hacia el noroeste, que ha quedado diluido en medio de un declive inimaginable hace sólo un par de décadas. Aquella séptima zona de la Renfe quedó atrás, como quedan atrás las ciudades que no tuvieron ocasión de subirse al último tren, mientras el tren se alejó en el horizonte.

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