El colegio de León donde estudió Mariano Rajoy: un "empollón" con buena mano para el 'tute cabrón'
Mariano Rajoy llegó a León en 1960, cuando su padre, Mariano Rajoy Sobredo, fue trasladado a la capital leonesa, donde ocupó el puesto de titular del Tribunal Especial de Vagos y Maleantes

Mariano Rajoy, con el númerfo 6, jugaba a bascket, "no muy bien", como admiten sus profesores.
En una ciudad acogedora como León, donde las calles estrechas y las plazas históricas invitan a soñar con el pasado, Mariano Rajoy pasó una década crucial de su vida. Nacido en Santiago de Compostela en 1955, sus primeros recuerdos conscientes se remontan a los cinco años, cuando su familia se mudó a la capital leonesa por el trabajo de su padre, un juez respetado. Fue en el Colegio de los Jesuitas de León donde Rajoy, conocido entonces como “Marianín”, forjó su carácter disciplinado y su legendaria memoria. Este centro educativo, fundado en 1959, no solo fue testigo de sus éxitos académicos, sino también de curiosas anécdotas que revelan al hombre detrás del político.
De Santiago a León: los primeros pasos en una ciudad “pequeña y acogedora"
Mariano Rajoy llegó a León en 1960, cuando su padre, Mariano Rajoy Sobredo, fue trasladado a la capital leonesa, donde ocupó el puesto de titular del Tribunal Especial de Vagos y Maleantes, dedicado a juzgar en la represión franquista casos de homosexuales y otros grupos en Galicia, Asturias y León. La familia se instaló en un edificio que hoy alberga la Audiencia Provincial, un lugar que combinaba vivienda y trabajo. “León era una ciudad pequeña, muy acogedora, en la que casi toda la gente se conocía y se saludaba por la calle”, escribe Rajoy en su autobiografía En Confianza, publicada en 2011. Sus hermanos —Enrique, Luis y Mercedes— lo acompañaban en caminatas diarias al colegio, un ritual que despertó en él una pasión por la historia, inculcada por su padre, un apasionado de los grandes hechos del pasado.
Sus primeros años escolares fueron en el Colegio Las Anejas, un centro moderno para la época, y luego en las Discípulas de Jesús, un edificio “antiguo y de aspecto serio” en la calle Pablo Flórez. Aquí, Rajoy comenzó a destacar por su disciplina. Curiosamente, este mismo colegio acogería años después a José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente socialista. Aunque no coincidieron en clase debido a la diferencia de edad, sus hermanos menores sí lo hicieron, tejiendo un hilo invisible entre dos rivales políticos.
El Colegio Jesuitas: donde brilló el “empollón” con “memorión”
A los diez años, tras aprobar con nervios el examen de ingreso al instituto —“Aquello me costó, pero fue muy formativo”, recuerda Rajoy—, Marianín ingresó en el Colegio de los Jesuitas de León. Pasó cinco años allí (de 1965 a 1970), desde el curso 1965-1966, destacando como un estudiante excepcional. El hermano jesuita Manuel Almunia, su profesor de Dibujo durante tres años, lo describía con cariño: “Más que buena memoria, tenía un memorión. Era un empollón que todo lo que caía en los exámenes se lo sabía, destacaba en todo excepto en dibujo, que no era precisamente un artista”.
Rajoy sacaba sobresalientes en todas las materias, salvo en Dibujo, donde Almunia le ponía “un cinco o un seis”. “Aunque no se enfadaba, me decía reiteradamente que le estropeaba las notas, pero no le podía poner más”, cuenta el jesuita. Esta anécdota humaniza al expresidente, mostrando que incluso los genios tienen debilidades. Almunia, quien mantuvo una amistad con Rajoy —incluso le envió una carta felicitándolo por sus cargos ministeriales—, resalta su capacidad para hacer amigos: “Era la alegría del grupo; en el corrillo de amigos él mandaba, era el protagonista”.
Los Jesuitas, conocidos por su dedicación a la enseñanza, inculcaron en Rajoy valores como el mérito, la perseverancia y el pensamiento equilibrado. “Allí aprendí a reflexionar, a pensar en los pros y los contras”, escribe en su libro. El centro, que aún opera en León, vio pasar también a sus hermanos menores.
Deportes, amigos y rituales familiares: la vida más allá de los libros
Aunque no era un atleta nato, Rajoy destacaba por su altura en el equipo de baloncesto del colegio. “Sobresalía en el equipo de baloncesto”, dice Almunia. Su profesor de Educación Física, Leandro de la Sierra, lo recuerda como “un alumno excelente y muy buena persona”, con empeño en minibasket y jockey, pese a las bromas por su estatura. “Lo suyo no eran las carreras de resistencia, pero le ponía mucho empeño a todo”.
Los fines de semana incluían rituales familiares: misa en San Marcelo, aperitivo en el bar La Viña (con butano, calamares y patatas fritas) y comida en casa. Rajoy también era monaguillo y participaba en salidas a asilos, mostrando su lado piadoso. Con amigos como Enrique Álvarez Mejorado o Cecilio Garrido, cambiaba cromos en la plaza de Botines o visitaba Patatas Blas por sus tapas gigantes. Una excursión a Madrid terminó en aventura: perdieron el autobús charlando con chicas y caminaron dos horas hasta El Escorial.
Sus lecturas infantiles —Emilio Salgari, Julio Verne, Enid Blyton y clásicos como La Vuelta al Mundo en Ochenta Días— alimentaron su imaginación. Estudió francés y latín, y jugaba al “tute cabrón”, revelando un lado socarrón.
El legado leones: de estudiante a presidente
En 1970, la familia se mudó a Vigo por el traslado del padre, y Rajoy completó Bachillerato allí antes de estudiar Derecho en Santiago de Compostela. Con 23 años, se convirtió en el registrador de la propiedad más joven de España, eligiendo Villafranca del Bierzo, también en León, como destino para estar cerca de Galicia. “Buscaba un sitio que estuviera cerca de mi familia y amigos”, confiesa en En Confianza. Vivía en el actual Parador Nacional y regresaba los fines de semana en su Seat Panda.
Su padre, clave en su preparación para oposiciones, formó a tres registradores y un notario. Rajoy, influido por esta disciplina jesuítica, entró en política en los 80, tras la mili en Valencia bajo Milans del Bosch. Amigos como Fernando Trigo Portela lo describen como “sosegado, respetado y rodeado de gente inteligente”.
Hoy, en 2025, León sigue presente en la vida de Rajoy. Su etapa en los Jesuitas no solo lo moldeó académicamente, sino que le enseñó que “la educación tiene que ver con obtener lo mejor de cada uno, como un árbol que necesita esfuerzo continuado”. Como dice un compañero: “Es el hombre que fue siempre”. Esta conexión con Zapatero —ambos exalumnos de colegios leoneses— añade un toque anecdótico: dos presidentes consecutivos forjados en la misma tierra. Después llegó Feijóo.

Mariano Rajoy, durante sus estudios en León

Mariano Rajoy conserva aún hoy las amistades de Jesuitas, con los come un cocido al año en Castrillo de los Polvazares

Mariano Rajoy, con su madre
