Todos los Santos en León: donde no habita el olvido
Los centenares de cementerios de la provincia leonesa llaman estos días a los deudos a honrar a sus difuntos dentro de una costumbre, establecida en el siglo VIII, que pervive como rito de afianzamiento familiar y de los pueblos

Los cementerios leoneses como el de Puente Castro recuperan estos días el protagonismo con la celebración de Todos los Santos.
El 1 de septiembre llama a los deudos a cumplir con la honra a sus difuntos. Lejos de las costumbres anglosajonas que convierten la festividad en un espectáculo mercantilizado, la conmemoración de Todos los Santos mantiene aún vivo en León su carácter de respeto a las costumbres heredadas desde pequeños, cuando el cementerio empezaba a desvelar que ahí, bajo las losas de los panteones y en los nichos a los que se asomaban los abuelos, había un legado familiar con el que cumplir: la historia en la que saber de dónde se viene y no desconocer hacia dónde se va.
La postal de los camposantos, alfombrados con la muda que el otoño le arrebata a los árboles, remite a la memoria familiar cimentada en el testigo que entregaron los antepasados a los abuelos para que se lo cedieran a los padres y estos a los hijos. La cadena halla huellas generación tras generación dentro de esta primera estructura de pertenencia, pero además se embrida con el resto de las familias que conforman el territorio.
Cada cementerio cuenta la historia de su pueblo. Aunque la despoblación haga mella sin cesar en el censo de habitantes, no hay comunidad, por diezmada que esté, en la que no se guarde un respeto reverencial por el mantenimiento del camposanto como espacio sagrado en el que mostrar que aún queda quien recuerda a los que allí vivieron antes, incluso en aquellos en los que los pantanos desalojaron a los vecinos, como sucede en Utrero, a orillas del embalse del Porma.
Con esta devoción, la jornada de Todos los Santos se convierte en el mundo rural leonés, como en la mayoría de España, en una fecha clave en el calendario, junto a la fiesta del patrono, en la que los hijos del pueblo vuelven para cumplir con el respeto debido. Para muchos, que se han convertido en padrón trasterminante, el 1 de noviembre se enmarca como fecha para cerrar la casa que se abrió en abril y tirar para la ciudad. Pero antes, ya durante toda la semana y todavía al día siguiente, los cementerios concitan al vecindario para que no se pierda no sólo la tradición, sino el relato colectivo que construye toda comunidad con sus relaciones. Quienes quedan recuerdan a los que se fueron, allí donde descansan, en la esperanza de que detrás vendrá quien lo haga con ellos.
Este espejo de los cementerios concede a la festividad de Todos los Santos una relevancia en el calendario que se asienta la historia. Las demostraciones de honras a los difuntos hunde sus raíces en diferentes culturas, pero encuentra la referencia actual en el siglo VIII. Para entonces, el Papa Gregorio IV eligió la fecha con arreglo a un criterio práctico: para el 1 de noviembre, en el territorio romano, las cosechas ya se habían recogido y podía atenderse la demanda que generaba la peregrinación de los fieles que hasta esa época guardaban el 13 de mayo como aniversario de la consagración de Santa María y Mártires.
Trece siglos después, aquella decisión se respeta aún hoy, pese a los vaivenes de la historia. Los descendientes de aquellos pobladores del territorio reeditan una tradición en la que reconocerse. Otro año más, el 1 de noviembre llama a los deudos a cumplir con la costumbre.