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Al exitoso David Uclés le están breando desde la intelectualidad literaria en sus alturas (¿es invidia u caridá?) a la peste de haters en sus bajuras en red... y ya no sé si es por su desmesurado galope en ventas (300.000 lleva vendidos su «Península de las casas vacías»), si por llevarse de calle el último Nadal con una ficción resucitando celebridades en una anacronía insólita y barcelonesa, si por el realismo mágico con el que puede colarse en la Guerra Civil sin perder pelo en la gatera, si por lucir él mismo más pelo que el lomo de un jabalí anciano, si por declararse gay sin rubores siendo hijo de guardiacivil, si por vestirse algo desastrado a su bola, si por haberse subido a la chepa santa de Pérez Reverte... o si por cubrirse el tarro con boinas de alero (los de «Elósegui» le regalan y yo calzo una gris de esas desde hace algunos años) o con gorrillas de campo como las del señorito andaluz en montería o en campaneo de plaza. Lo de la boina fue de antaño muy racial en este país y toda ruralidad la lució desde la Galicia profunda a la Andalucía jornalera. La chapela vasca es otra cosa, pretenciosa ella por querer ganarle en vuelo a la boina francesa de la que copió por vecindad, exagerándola aún más el carlista Zumalacárregui (parece marquesina) y añadiéndole borla entorchada y amarilla donde iba el rabo para darse pisto noble, que por eso mucho cura rural de aquí, tan carlistas en su día, también lucían gorra. Y es que en León nunca se dijo boina, sino gorra, que antaño era «gorrina» de poco paño enfurtido y apuntando más al cogote que a la frente despejada hasta parecer casi casquete (así se ve en tanta foto antigua). Y con su gorra cosió siempre estas calles «Lamparilla» sin quitársela ni en la redacción como ensayando parecer un Pío Baroja cazurril (en su memoria se la calza este menda desde los 70). Sólo otro escritor recuerdo llevándola, León Felipe; y también una escritora, boinas amplias, aunque de punto mayormente, Carmen Martín Gaite. Pero en muchachas una boina roja se me hace estilazo y osadía guapa recordando a las apaches parisinas. Y aunque sin ocultar su tonillo chusco me digan «el de la gorra», también me honra.