Francisco Sosa Wagner SOSERÍAS
El atropello que no cesa
HACE pocos días avisaba yo en estas páginas del peligro que todos los españoles corríamos como consecuencia de la decisión del Gobierno de suprimir los certificados, talismán para las mejores empresas, según ya quedó demostrado en aquella entrega. «El certificado soy yo», podría decir un burócrata recordando al rey soberano, o también «lo que no es certificado es plagio» con lo que rendiríamos un homenaje a Eugenio d́ Ors. «Prefiero el certificado al desorden» hubiera exclamado un Goethe algo más comedido. Pues bien cuando todos nos hallábamos asimilando esta desgracia dejándola reposar en el fondo del vaso de nuestra alma torturada, nos llega otra que lleva a los espíritus igual o superior alarma. Se trata de una idea perversa, poblada de las peores intenciones, una decisión que puede conducir a la disolución de costumbres de extraordinario arraigo. Me estoy refiriendo, como el lector puede suponer, al anuncio, hecho por el Gobierno, de abrir las oficinas públicas hasta las diecisiete horas y treinta minutos de los días laborables. Las razones que se alegan son encomiables y parecen hasta inocentes: se trataría de facilitar sus gestiones a aquella parte de la ciudadanía que se halla siempre ávida de trámites, que nunca se encuentra satisfecha en la persecución implacable del expediente, es decir un consuelo para quienes padecen apetito de diligencias funcionariales. Personas a quienes es gustoso rondar las dependencias administrativas para cantar el salmo lastimero de sus desdichas. Pero el Gobierno no puede ignorar que, si logra consumar su propósito, va a acabar con un símbolo, con más tradición que la Casa de Alba y la lotería de navidad. Porque lo que se quiere erradicar, a la chita callando, es nada menos que la siesta, mandándola a un museo o acaso declarándola insalubre o peligrosa, en suma, asesinándola. Ahora bien, no se asesina un símbolo así como así porque es delito que lleva aparejadas las peores agravantes. Olvida tal modo de proceder además que la siesta es la orilla de la dicha, el momento mágico que sirve para cruzar hacia el espacio placentero de la ausencia, el lugar donde la materia se hace ficción y donde la nada adquiere los atributos del éxtasis. La siesta, cuando se hace tangible, es de una esponjosidad sin límites, porque nos hincha las velas y nos prepara para los mejores aciertos. Asunto sustancioso el de la siesta. «Yo tengo un cuñado que duerme siestas de orinal y padrenuestro» es una frase que se ha oído siempre a las personas que quieren presumir de cuñado. ¿Alguien cree que nos hubieran enviado los europeos tantas calamidades si hubieran practicado la siesta? La siesta interrumpe los malos pensamientos y hasta las guerras y las batallas hay que paralizarlas para rendirle el culto debido y la trampa está en que, cuando uno se despierta, ya se le han pasado las ganas de matar enemigos, más aún: es que no se ven enemigos por parte alguna, convertida toda la humanidad en un concierto con rondó final de virtudes firmes. Y todo por haber descabezado un sueñecito que es lo mismo que darse un baño con los jabones de la armonía, la mejor arma -y la más desconocida- del pacifismo. La siesta es una goma con la que es posible borrar aquello que está saliendo torcido en el documento de nuestra vida. A Mallarmé se le ocurrió escribir sobre la siesta de un fauno y no es extraño que en seguida Manet le pusiera ilustraciones y Debussy música. Porque una siesta se puede pintar como se pintó la sombra del mar y también se puede musicar con esas notas que se columpian de los barrotes de la cama. Los únicos artistas que saben poco de la siesta son los escultores porque las estatuas o son yacentes o están normalmente mal de la cabeza y no descansan. Pero ¿quiere usted ser de verdad estatua? Además la siesta se puede ofrecer a un amigo convaleciente de insomnios. La siesta es muerte de las buenas porque es provisional, de mentirijillas, un paréntesis entre pecado y pecado, la pausa para despertar y encontrar virgen a la la vida. Señores ministros: duerman la siesta y no jueguen con las cosas de comer. O de después de comer.