Diario de León

El síndico municipal y el del cabildo sostienen la tradición de desencuentro entre foro u oferta en la ofrenda de León a San Isidoro, en Las Cabezadas

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El alcalde de León Mario Amilivia, durante el tradicional encuentro

El alcalde de León Mario Amilivia, durante el tradicional encuentro

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L. Urdiales Redacción - LEÓN.
León

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El síndico del Ayuntamiento de León en la ofrenda de Las Cabezadas elevó la duda a los asistentes. «Que la voz del pueblo es voluntad de Dios», arguyó Mario Amilivia. «¿Foro u oferta?». Ante la tibieza de la respuesta se creció el anfitrión, Teodomiro Álvarez, representante esta vez del poder clerical en la escenificación contra el político, defensor confeso del carácter de obligatoriedad en la visita que la corporación municipal rinde anualmente a la basílica para ofrecer a San Isidoro un cirio de arroba bien cumplida y dos hachones. «Oí un mezzo forte, vamos a dejarlo en escaso», replicó con sorna el canónigo en la madurez del debate. El discurso de Amilivia bordeó la herejía. Se excusó de ella recurriendo la cita a Lucas de Tuy, estudioso del asunto que dio origen a este pulso secular, y elevando la trama a preguntas que, como la empresa que reúne a seglares y religiosos desde hace ocho siglos, también se quedaron sin resolver: «¿Dónde estaban los canónigos cuando se llevó en plegaria la urna con las reliquias del Santo en el año 1158? ¿cómo fueron capaces cuatro infantes de devolver las reliquias a la basílica sí es que pesaban tanto en el monte de Trobajo? ¿por qué se enfadó el Santo? Qué ya vine aquí el siglo pasado (hace siete años) y seguimos en el mismo punto». Teodomiro Álvarez, representante de la que el alcalde denominó «pétrea voluntad del Cabildo», casi confundido por la táctica de arrepentimiento que escenificó el interlocutor, alabó al pueblo de León, fiel en ocho siglos desde el milagro que obró San Isidoro, se posicionó de inmediato: «Desdígase, deje el cirio y los dos hachones de cera, que trae como obligación y tengamos la fiesta en paz». Pidió pruebas el edil mientras enredaba con la trama de las preguntas seculares sobre el enfado del Santo y la localización de los canónigos que no citó Lucas de Tuy. Con el vino en la dialéctica se ganó los favores del público. Del vino de Santo Martino, milenario, anterior al milagro de San Isidoro que se guarda bajo dos llaves, del Abad y del administrador y se administra en dosis diminutas. Desvelada la segunda teoría, el síndico municipal, fue al grano: «¿No sería que los canónigos no llevaron a San Isidoro a la plegaria por los efectos del vino? Pues si la culpa es del vino, esto se arregla con vino». Descubierto el tonelillo, que tantas dudas había creado en el canónigo Teodomiro, el síndico del Cabildo reconquistó el avance del edil. Sacó el eurocirio que recibió en la ofrenda del año anterior y espetó: «Entre esto, que es 166 veces más pequeño que un cirio de arroba, y el vino, me quedo con el vino; pero lo admitimos si usted rebaja 166 veces los impuestos en León; así es que vamos a dejarlo en que esto es foro, que es obligación». Y no se habló más. Sólo la remisión al próximo año, para reeditar un encuentro que siempre acaba en dulce enfrentamiento.

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