Luis Artigue EL AULLIDO
Museo de Arte Contemporáneo
EL arte contemporáneo parece un niño que ha crecido tan deprisa que sus padres ya no lo entienden. O un bailarín frenético al que ni con prismáticos somos capaces de seguir el ritmo de sus pies. Va tan deprisa y tan lejos que el público, en general, hace tiempo que dejó de seguirle la pista y, así las cosas, hasta hay una secta vanguardista en la que sólo caben artistas y críticos retroalimentando sus vanidades en las catacumbas posmodernas de los museos. Los demás -pobres indoctos- sobramos. Ahora, como queriendo ocultar que la gran apuesta para un Museo de Arte Contemporáneo con digna dotación económica se ha hecho en Valladolid, la Junta nos pone una «sucursal» en León donde, por falta de recursos, se centran en el arte joven, ultravanguardista, profético y galáctico. Nada de pintura y de creadores ya canónicos, sólo lo que esté de moda. Mira tú qué bien. Y el caso es que no nos lo explican así, sino que nos venden la idoneidad de ese criterio -lo bueno es el «arte joven»- sin pensar en educar previamente el gusto de la ciudadanía, y cumplir así con el propósito de las entidades públicas de acercar el arte al público y el público al arte. Llama la atención que el mundo artístico se cree vanguardista y revolucionario y sus tótems muy progresistas, pero están promoviendo un elitismo cultural decadente que nos devuelve, por ejemplo, a la época de los zares rusos donde los trabajadores de a pie ni disfrutaban ni entendían el arte porque éste ni era para ellos, ni pensaba en ellos sino sólo en la crítica, en otros artistas y en el zar. Viva la revolución del arte... Vamos buenos. Normalmente en los museos tienen cabida las obras intemporales, las que el tiempo ha confirmado y eternizado haciendo de ellas referente de la trayectoria estética de una sociedad, de un devenir cultural o, en el caso de los grandes genios, referente de la trayectoria espiritual de la humanidad. Pero aquí dicen que no va a haber nada anterior a 1990 o algo así. Nos hablan de las nuevas vanguardias, de lo posmoderno, de la performance, del arte digital y conceptual, y suena a las ridículas ofertas laborales del «se necesita joven con experiencia», o a esa maniobra mediática para confundirlo todo, todo vale, todo el mundo es escritor, todo el mundo es artista si dice cosas ininteligibles, tiene un comportamiento excéntrico y en su carnet de identidad pone «profesión: autodidacta». Esta de moda lo joven, sí, pero el mundo es plural. Los jóvenes que estamos inmersos en el mundo de la cultura no tenemos por qué matar a nuestros padres para reivindicarnos a nosotros mismos. Igualmente hay para nosotros tanto que aprender, que no parece justo que en los museos y las academias aparezcamos los aprendices, y no aquellos maestros veteranos que nos han puesto en órbita, lo reconozcamos o no. Aquellos con los que dialogamos, a los cuales admiramos aunque nuestro camino sea bien distinto, y sin los cuales nuestra labor creativa y nuestra existencia hubiera sido peor o, por lo menos, distinta. Por eso resulta curioso tener que escribir esto, y que hayan sido críticos de arte los que hayan avalado tal estafa cultural de los políticos, y que sea necesario decir que no puede haber un prejuicio que, a priori, elimine de un plumazo a Barjola, Chillida, Antonio López, Maruja Mallo, Lucio Muñoz, Dalí, Picasso, Remedios Varo y demás familia porque no son «lo joven» y «lo nuevo». Y qué pasa con los leoneses que pensamos que «lo joven y nuevo» no aguantará el paso del tiempo, ¿no tenemos derecho a ver otra cosa en el MUSAC? Permítanme una crítica constructiva: basta de imposiciones de parte de los ingenieros del mundo que, con su erudición aséptica y exenta de alma, nos dictan qué nos ha de gustar y qué es bueno. Basta de discursos fríos y de criterios también fríos. Volvamos en el arte a las sacudidas, al sentimiento, a la pasión, a la sinceridad, al talento, a la belleza al fin y al cabo. Para frío ya tenemos la vida diaria.