Diario de León

| Reportaje | Los psicólogos hablan |

La piromanía, una enfermedad

En la imagen, Juan Donoso, vicedecano del Colegio Oficial de Psicólogos de Castilla y León

En la imagen, Juan Donoso, vicedecano del Colegio Oficial de Psicólogos de Castilla y León

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M.I.G./ICAL - valladolid

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En la última década, el 40% de los incendios originados en Castilla y León fueron intencionados, pero es difícil distinguir entre los provocados por la mano de aquel que busca un interés económico, urbanístico o ganadero y el que es pirómano entendido como tal los que actúan debido a «un trastorno de los patrones de comportamiento debido a impulsos no controlados», según la apreciación del vicedecano del Colegio Oficial de Psicólogos de Castilla y León, Juan Donoso. «El deseo e interés interior» de este tipo de personas no queda satisfecho «hasta que no realiza el acto de encender fuego. En ese momento se queda a gusto». A pesar del trastorno de la personalidad, Donoso asegura que los pirómanos «no son ni esquizofrénicos, ni psicóticos, ni personas antisociales. Son personas relativamente normales pero con deseos irrefrenables de satisfacer sus impulsos de alguna manera y provocan incendios por el puro placer de hacerlo, buscando una gratificación personal, para eliminar una tensión acumulada». Este veterano psicólogo reclama atención para distinguir entre los siniestros surgidos por «ignorancia» -agricultores que no prevén el alcance de la quema de rastrojos- y la «planificación estratégica» de los incendios que llevan la firma de un pirómano. De hecho, según el análisis de Donoso, éste último «se regodea cuando planifica un incendio». Sin embargo, los profesionales de la Psicología consideran difícil diagnosticar si una persona tiende a la piromanía «porque el perfil de estos pacientes está fuera de las patologías habituales. Debe ser un diagnóstico muy afinado», concluye Donoso. Cerca de los bomberos, después de declararse el incendio -el autor del mismo tiende a dar la voz de alarma- el propio pirómano «suele prestarse como voluntario para su extinción para observar la reacción de los demás y obtener un reconocimiento por su acto». El disfrute de la parafernalia De hecho, en numerosos sucesos, salta la sorpresa entre los vecinos al comprobar que el pirómano es aquella persona que trabajó como el que más en las labores de extinción de las llamas. Y la mejor forma de sentirse premiado por su crimen es acercarse a los voluntarios y los bomberos para buscar todas las referencias, buenas o malas, sobre el incendio. En este sentido, los pirómanos «disfrutan de la parafernalia que envuelve el operativo de extinción», por lo que, como ocurre con los ladrones que merodean por el lugar donde cometieron su fechoría, es muy probable que el autor de un incendio se encuentre cerca del siniestro. Por otra parte, Donoso aboga por «descubrir» a los pirómanos, no por la vía judicial o penal sino a través de la educativa, mostrándoles que las pautas a seguir son los de la convivencia y el respeto a las personas y sus bienes materiales. Llamar la atención En el acto de provocar un incendio, según una hipótesis manejada en la Psicología, su autor puede buscar transmitir «algún tipo de comunicación para llamar la atención sobre algo. Pero no persiguiendo un beneficio, como ocurre con los terroristas, sino para deslumbrar y crear un impacto en su entorno social». ¿Psiquiátrico o cárcel? Si el pirómano actúa debido a un trastorno provocado por unos impulsos controlados, los psicólogos aconsejan su tratamiento o internamiento en una institución psiquiátrica. Donoso recuerda que esta consideración es un atenuante en un juicio «porque su cerebro está debilitado». «Se debe conseguir que sea capaz de admitir que realizó ese acto, porque será difícil el arrepentimiento puesto que no será capaz de apreciar las consecuencias», asegura.

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