Diario de León

El presunto agresor ya fue condenado por matar a una niña en 1960 y asesinar a una joven vendedora de libros en 1980

Monteagudo vuelve 24 años después

Encarcelan a un homicida reincidente dos días después de intentar estrangular a su arrendadora

Publicado por
M. Romero - redacción
León

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«José Luis estuvo realizando trabajos propios de su oficio y concibió ya el propósito de realizar a toda costa sus deseos. En la mañana del sábado se cercioró con sus preguntas de que la anciana no estaba en casa y penetrando en el patio pidió a la niña que le entregase una brocha que se había dejado allí y que estaba en la bodega. La criatura bajó con las zapatillas de estar por casa ya raídas. Una vez en la soledad de la bodega, que le pareció impune, probablemente sin desconfiar, derribó a la niña y enseguida la pasó una cuerda por el cuello hasta dejarla moribunda. Luego, para rematar su obra y por temor a que aún viviese, la clavó una navaja en el cuello. Abandonó la casa y mostró absoluta naturalidad aún después de detenido, negándolo hasta que vio que era inútil». Era el 24 de abril de 1960, en Ponferrada. José Luis Monteagudo Blanco, gallego de nacimiento, se confesaba autor de la muerte de la niña de doce años Soledad Sembranes. Él era un adolescente de 16 años. Comió tranquilamente después del asesinato y realizó sus tareas como si nada. Ni un suspiro ni un temblor durante el interrogatorio. Ingresó en prisión. Años después, en 1980, Monteagudo reescribía de nuevo las páginas de la crónica negra. Esta vez asesinaba a una joven vendedora de libros, de cuyo cadáver se desprendió después en un pozo de Columbrianos, cerca de Ponferrada. Volvió a ser juzgado y regresó a la cárcel envuelto por un clima social de auténtica conmoción. La reaparición Han pasado 24 años y nunca más se supo de su paradero. Hasta que el pasado fin de semana volvió a manifestar su carácter violento, atentando presuntamente contra la vida de una mujer que le había arrendado un piso. Según confirmaron fuentes policiales, el sábado por la tarde Monteagudo se acercó hasta la vivienda de su arrendadora, en el centro de León, con el pretexto de pagarle el mes. Pese a lo inhabitual de la hora -nunca se veían por la tarde-, la mujer le abrió y le invitó a pasar al recibidor. Ya dentró, Monteagudo habría cerrado la puerta dirigiéndose hacia su presunta víctima con un tono más que amenazante: «Te vengo a matar», le dijo. Huida imposible Seguidamente forcejeó con ella agarrándole fuertemente por el cuello. Los gritos de la mujer pidiendo auxilio alertaron a sus vecinos, que casualmente guardaban una llave de la casa. Avisaron a la policía y, formando un corrillo en el descansillo del portal, acudieron al hogar de la agredida impidiendo la huida de Monteagudo. Tal y como explican las mismas fuentes, las lesiones que presentaba inicialmente la víctima no parecían graves, por lo que se identificó al presunto agresor y se le dejó marchar. Ya en comisaria y tras comprobar el expediente de antecedentes penales, la policía nacional descubrió el pasado violento de José Luis Monteagudo Blanco, de 59 años. La denuncia de la arrendadora, cuyas heridas evolucionaron gravemente a lo largo de la noche, fue el detonante para que el coordinador del centro policial ordenase la búsqueda y captura de Monteagudo. No fue posible localizarle durante todo el fin de semana. Según la versión de la policía, fueron rastreados todos los lugares donde se le podía encontrar, además de los dos pisos que ocupaba habitualmente, de donde desapareció sin dejar rastro. La detención se produjo el lunes a las siete y media de la tarde. La policía le acusaba de un presunto delito de homicidio en grado de tentativa. Fue puesto a disposición judicial y finalmente entró en prisión. Sin nervios 44 años antes: «En la comisaría no acusó nerviosismo ni turbación y su flemática actitud no había desaparecido. [...] Su tranquilidad pasma. Se volvió a mirarme en espera de mis preguntas, que, naturalmente, nunca se produjeron. Viendo que nada tiene que decir se vuelve. Pone las posturas que le indica el fotógrafo sin rechistar y sin bajar la vista en ningún momento. Parece que después de haber cometido el crimen realizó imperturbable todos los trabajos que se le ordenaron. En un principio negó su culpabilidad, pero después fue narrando los hechos, según parece, con toda impudicia».

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