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Viejo amigo

Corríamos campo abajo, con las sandalias saliéndose de los pies, con la camisa y la falda al vuelo. ¡Hace tanto tiempo! Ya apenas lo vislumbro. Sólo al caminar de nuevo hoy por estos caminos de tierra seca y llenos de piedras, sólo al volver a ver esta vieja colina, sólo ahora, vuelvo la cabeza y puedo vernos jugando uno con el otro, con el botijo del agua a cuestas y el sol dándonos en la cara. - Corre enano, que no me vas a alcanzar nunca. - Ya corro, pero eres una tramposa, no vale meterse entre los árboles. - Entonces mi hermano me adelantaba y corría con todas sus fuerzas hasta que tropezaba y se hundía en la hierba. Entonces yo iba y le vaciaba la garrafa del agua encima de él, me daba media vuelta y empezaba de nuevo a correr, campo arriba, árboles a través, de nuevo, imaginándome como un pájaro libre cuyas alas extendía, y el viento tierno y ligero me llevaba lento pero sin pausa a cualquier otro mundo, semejante a este monte de pinos, pero distinto en cuanto que el sol no se escondía nunca y la lluvia refrescaba las flores cada vez que se nos antojara echarnos una siesta. - ¿Tu no lo recuerdas, viejo amigo? Supongo que no. ¡Hace ya tanto tiempo! Además, el mundo ha cambiado mucho, se ha vuelto gris y feo, está enfermo y tú, viejo amigo, que hoy paseas conmigo por este viejo sendero, buscas con la mirada aquellos campos verdes, aquellas delicadas y lindas flores con las que bailabas antaño, buscas a los pinos, aquellos a los que entretenías con historias de otras tierras, de campos vírgenes y salvajes. Entornas ahora la vista y no encuentras más que el rastro de lo que había sido tiempo atrás un joven arroyo, fresco y cristalino, sí, aquel del que bebíamos e inútilmente trasportábamos en nuestras pequeñas manos hasta aquel madroño que tanto nos gustaba, en un desesperado intento de que diera algún día madroños. Pero hoy ya no queda nada de eso. Sólo reposa en mi memoria, claro y diáfano recuerdo que ya nunca se tornará realidad. Tus ojos, en este momento, me miran y al reflejarte en ellos, descubres la cruel verdad de este mundo; que todo se ha ido y ya no queda nada, y aunque quede aquella triste flor de la Jara, está sola y moribunda y también se irá, todo partirá y aquí sólo quedará polvo. ¿Ya te vas, viejo amigo? ¿Tú también? Sí, tú también me abandonas y te vas lejos, a llorar a otro mundo. Estás viejo y cansado y tu alma hoy gris, llora por no poder brillar entre los campos de amapolas, y tu dulce canción ya no traerá nunca más olores de otras tierras, y entonces el recuerdo se irá de mi memoria para dar paso a la tremenda y horrible realidad; la de un sol que me quema, un agua que me enferma y un viento, tú, viejo amigo, que me ahoga e intoxica sin saberlo. Y ahora sólo espero volver a aquel mundo donde antaño me llevabas en tus tiernas y ligeras alas de luz, para no ver el futuro y no comprobar en mis propias carnes la ira de este campo, que nosotros mismos hemos estropeado y que nos eliminará sin piedad alguna, con igual fuerza y eficacia a la nuestra.