LA GAVETA
Mis pontífices muertos
Pacelli Pacelli murió un día de 1958. Yo estaba en Vega de Espinareda, tenía cinco años y tres primas mayores y muy piadosas que por entonces eran monjas seglares y que creo que lo siguen siendo. Tres mujeres devotas e inteligentes que viajaban por el norte y que, a la vez, regentaban una tienda en Vega donde se vendían telas y mercerías. Donde yo creo que también se vendía tiempo. Y gratis. Porque el tiempo iba despacio allí, por el comercio, como un pariente más de mis primas. Y bajo el tiempo, o a su lado, vino en aquellos días la tristeza por la muerte del papa Pacelli, Pío XII, aquel aristócrata romano que tuvo la desgracia de encontrarse con el nazismo en su pontificado, y con la segunda y crudelísima guerra mundial. Pero entonces yo no sabía nada de guerras. Yo estaba en Vega porque mi madre había dado a luz en Ponferrada, yo estaba refugiado con mis primas, entre el campo y el río, bajo el pontificado de mi tío Manuel, secretario del ayuntamiento, y de mi tía Blanca. Yo estaba en una nube grande y terrenal, mirándolo todo como quien descubre el mundo. Y buena verdad era que lo descubría, como si toda Vega fuera una lupa, y al otro lado del cristal las cosas venían más grandes y nuevas, y el río más transparente, y las niñas más guapas, y el silencio más silencioso, y el carbón más negro. Luego, al atardecer, fui con mis primas al funeral por el Papa, lo recuerdo bien. Un cura cantaba, otro penaba, mis primas estaban afectadísimas y yo también, de rebote, y porque algo ya sabía del Papa, por lo menos que era un santo, eso me había dicho mi madre, y así acabó aquel día. Roncalli El entierro de Juan XXIII ya lo vimos por el televisor. Las mismas imágenes de Wojtyla, el cadáver expuesto, el anciano ido, y todo esto yo lo seguí desde el Centro Gallego de Ponferrada, porque aún no teníamos tele en casa. El Centro Gallego de la calle Fueros de León, bajo gaitas en las paredes, el salón lleno, las mujeres llorando, lloraban lo suyo, y algún hombre también lloraba, y la consternación fue aumentando durante aquel entierro antiguo, porque se había muerto el Papa bueno, el abuelito del Vaticano, y hasta las gaitas lloraron, y eso que el Papa bueno, fallecido, sonreía. Montini Mi Papa favorito, porque era dubitativo y porque fue Papa cuando yo era niño piadoso y luego seminarista confundido. Pablo VI, el que rigió el Concilio Vaticano que había convocado el cálido y valiente Roncalli, murió cuando yo estaba en el Pirineo, solo y también dubitativo, aunque por otras dudas. Yo estaba allí, en Pont de Suert, de regreso de una batida rara donde conocí montes y collados, peñas y neveros, sentado junto a la tienda de campaña, la tarde adelante, orillas de un lago, camping a la brava, y llegó una pareja de catalanes en un coche caro. Pusieron la radio, y allí supe la muerte de Montini. Luciani Al llegar al despacho, en Valencia, por la mañana. Yo entonces era un abogado recién estrenado, pasante de un letrado bohemio y caótico de barba blanca, y fue allí cuando otro compañero me dijo que había muerto Juan Pablo I, todo tan prematuro, tan extraño. Juan Pablo I, que parecía un infeliz, un secundario, y que escribía biografías falsas de hombres benefactores, obispos que inventaba, santos nuevos de su imaginación. Wojtyla De Juan Pablo II nada puedo decir que no esté dicho y sentido. Papa muy conservador y fascinante, victorioso de la barbarie comunista, recordaré de él la hermosa sencillez de su testamento, sobre todo en sus riberas más terrenales. Cuando habla del amor a sus padres, que tan pronto perdió; del amor a su hermano médico que murió tan joven; del amor a su pequeña ciudad natal, que nunca olvidó, y del misterioso amor a su hermana que no conoció, porque murió antes de que él naciera.