Diario de León

«El dolor no se acepta ni se asume, supone pérdida de calidad de vida»

Antonio Pelegrín, responsable de la unidad del dolor.

Antonio Pelegrín, responsable de la unidad del dolor.

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r. m. | león
León

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«El dolor no se acepta, no se asume porque supone una pérdida de calidad de vida». Así habla la persona que, quizá, mejor conoce los mecanismos del dolor en León, el doctor Antonio Pelegrín, responsable de la Unidad del Dolor del Hospital de León. Más de dos décadas trabajando diariamente con los pacientes con algias le permiten afirmar que nadie acepta éstas aunque «la cultura, las circunstancias personales y sociales o el propio umbral del dolor de cada paciente» hacen que cada uno lo tolere de una forma. No existe _precisa_ ni edad, ni sexo ni circunstancias para explicar los mecanismos del dolor, cada paciente lo vive de una manera pero con una característica común, todos piden que se lo quiten como sea. No es cierto que los hombres tengan el umbral del dolor más bajo pero sí lo es que cuando existe una depresión, un problema de soledad u otros conflictos personales o familiares las molestias se toleran mucho peor. El dolor es uno de los síntomas más incapacitantes de cualquier enfermedad. De hecho cada trabajador pierde en España una media de 16 jornadas laborales por el dolor, esto supone una pérdida de más de 34 billones de euros en Europa y un 1,2 por ciento del Producto Interior Bruto del país. La presencia del dolor crónico, que afecta a uno de cada diez españoles, es causa fundamental en cuadros depresivos, incapacidad para relacionarse o mantener cualquier relación social. La encuesta europea del dolor, el mayor estudio relacionado en el continente sobre las algias, que recoge datos de 46.000 encuestas, precisa que el 28% de las personas con dolor crónico afirma no ser capaz de una vida independiente, el 22% ha perdido su trabajo por causa directa del dolor y uno de cada dos dicen no poder mantener ninunga actividad social. El doctor Pelegrín afirma que en muchos casos los pacientes con dolor, agudo o crónico, encuentran alivio sólo con el hecho de que alguien les escuche e intente darles un remedio. Para este anestesista «antes no se hacía caso al dolor, se entendía como algo inapelable. Ahora se han desarrollado muchos mecanismos para acabar con él, se trabaja con menos miedo con los fármacos (especialmente con los opiacéos) pero aún queda mucho camino por recorrer. Falta mucho por descubrir y aún no tenemos a nuestro alcance los fármacos perfectos, los analgésicos maravillosos». Recalca, como varias veces a lo largo de la entrevista, «que el dolor hay que quitarlo siempre, como se pueda».

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