| Análisis | Del escaño al bar |
La crispación llega al poder
Los profesionales del campo lanzan un aviso a los políticos: «jugar la partida se está haciendo insoportable»
Es un simple comunicado de prensa pero ha dado en el clavo. La organización agraria UPA se ha dirigido a los medios de comunicación para mostrar su «honda preocupación por el alto grado de crispación que existe actualmente en los pueblos». La crispación de la que hablan se debe, según la organización, «a los mensajes de enfrentamiento dialéctico que se están utilizando partidistamente y que están dividiendo de forma preocupante al medio rural». Y es que el asunto, aunque parezca banal, está llegando a afectar a hechos tan cotidianos como jugar la partida o compartir una charla con los amigos, situaciones que, según afirma la organización, «se están haciendo insoportables en muchos casos». Los causantes: los partidos políticos, inmersos en un maremagnum de acusaciones y reproches, cargados de malas intenciones, con el único afán de manipular una realidad ya de por sí complicada hasta hacer imposible el más mínimo entendimiento. Así de claro lo ven los responsables del sindicato, que hacen un llamamiento expreso a la «cordura» de los partidos políticos de la comunidad «para que entre todos intenten rebajar el enfrentamiento». Hablan de que la vida de los pueblos se caracteriza «por unas relaciones cotidianamente cercanas, muy directas y constantes», fiel reflejo de la convivencia entre vecinos, que es «uno de los grandes potenciales que tienen los pueblos». Y es que, recuerda, «sería una grave irresponsabilidad permitir que entre todos se rompa por el uso de mensajes partidistas que enfrentan, polarizan y quiebran esa convivencia en el medio rural». Desgraciadamente, esta llamada de atención no afecta sólo a los núcleos rurales. Familias que ya han decidido -el resto lo harán pronto- que en sus reuniones el tema de la política pase a ser un tabú para no acabar con los platos rotos, los postres en la cabeza o, lo que es peor, con relaciones parentales frágiles que pueden terminar en años de desencuentro; reuniones de amigos, cenas, cafés o rondas de vinos en las que el tiempo es ya el tema recurrente para alejar de la conversación el «que si De Juana tal o si la guerra de Irak cual»; encuentros casuales en el almuerzo del trabajo, donde los «temas serios» han dejado el territorio libre a los cotilleos de la empresa «por si las moscas». En definitiva, una sociedad inquieta que mira hacia arriba, calla y escucha y luego medita o no, para acabar convirtiendo al vecino del quinto en el «rojo ese» que nos obliga a subir por las escaleras para no tener que compartir el metro cuadrado del ascensor, mientras aquel maldice al «facha» del tercero y le llena de panfletos el buzón. Y lo peor es que, encima, les pagamos por volvernos locos.