Aguas sosas y sin color, las preferencias más comunes
El agua la queremos sosa y sin color. Y es que la definición escolar se nos quedó bien grabada: el agua es incolora, inodora e insípida. Y aunque en realidad nunca fue así para buena parte de las aguas, el lema se convirtió en requisito de calidad. Identificamos bondad de un agua y falta de sabor, a no ser que estemos hablando de ciertas aguas minerales a las que atribuimos propiedades medicinales. Ahí sí aceptamos sabores extraños. Pero no se lo permitimos a las aguas del grifo. Que atribuyamos mala calidad e incluso problemas sanitarios a las aguas duras, cuyo alto contenido de minerales y de sales disueltas les proporciona sabor, es la principal razón por la que tomamos agua embotellada. Es casi exacta la correlación entre el mapa de distribución provincial de consumo de este líquido que se deduce de la clasificación de Canadean y el de regiones de agua dura que nos muestra, por ejemplo, el mapa de dureza del agua por cuencas hidrográficas 2000-2006 elaborado por el área de Control y Vigilancia de Calidad de las Aguas del Ministerio de Medio Ambiente. Pero no hay un problema sanitario. Las aguas duras sólo afectan al sabor, a la sensación que se produce en nuestra boca al beberla. Quizá algunos piensen erróneamente que cuando el exceso de cal deja como deja los filtros de la lavadora ¿qué no estará haciendo con nuestro organismo?