Campeones en solidaridad infantil
La Gerencia de Servicios Sociales concede un reconocimiento a un matrimonio leonés por su compromiso con los niños más necesitados
Isabel y Gerardo recogerán el lunes, en un acto que se celebrará en las Cortes de Castilla y León, la Mención Honorífica que les ha concedido el jurado en los Premios Infancia 2008 de la comunidad. Los Fernández-Grañeras, de San Justo de la Vega, son una familia numerosa muy especial. Desde el año 1988 han acogido en su hogar a diecisiete niños, una experiencia a la que han dedicado su vida, con el apoyo de toda la familia. Gerardo tenía 23 años cuando empezó a trabajar en San Cayetano, «un día, jugando con un niño de seis años me dijo: tú me quieres mucho, pero ahora te vas a tu casa y yo me quedo aquí». Esa frase le hizo reflexionar. Involucró a Isabel, su compañera, es un proyecto compartido. Viajaron a Madrid y se hicieron cargo de dos pisos de acogida, por separado, luego uno con siete niños, los dos juntos. Todos los menores estaban protegidos por la Comunidad de Madrid. Algunos de los pequeños, con edades entre los tres y los dieciséis años, viajaban a León con la pareja, de vacaciones. Fue entonces cuando Isabel se quedó embarazada de su hija biológica Leia, una niña que ha crecido con hermanos de diferentes razas. El ejemplo familiar le ha llevado a la universidad a estudiar Técnico de Atención Sociosanitaria. «Ella ha sido un gran apoyo, cuando era pequeña ayudaba a Ángel a comer y a hacer sus ejercicios». Ángel tiene ahora 22 años y es discapacitado. Está en silla de ruedas y se comunica con un ordenador. Los Fernández Grañeras decidieron adoptarlo nada más conocerlo, con ocho años. La misma inquietud les surgió con Rafa, el otro hijo adoptado, también discapacitado. Llegó a la familia con cuatro años. Ahora, con 23, es voluntario en el Centro del Alzhéimer de Astorga. «Estoy muy contento allí. Les ayudo a servir las mesas, a barrer el patio y a pasear a los ancianos». Gerardo, educador en Cosamai, e Isabel, ama de casa, tienen acogidos en su casa a tres niños entre los trece y los dieciséis años. «Cuando llegan aquí nosotros les decimos: ésto es lo que hay, es lo que podemos ofreceros», y les abren las puertas, esas a las que, de vez en cuando, siguen recurriendo algunos de los diecisiete niños, ya adultos, a los que han dado un hogar familiar. «Estos niños vienen de experiencias difíciles, algunos mantienen contacto con la familia. Yo les digo que lo importante es superarse como personas, saber que viven en un grupo que tiene que esforzarse, y lo están haciendo muy bien». Los tres están estudiando aunque dos de ellos tienen claro que en cuanto puedan se pondrán a trabajar. «El problema de estos muchachos es que cuando hay una dificultad en la familia los castigados son ellos, sufren desarraigo. Nosotros queremos darles la protección de una familia hasta que ellos quieran. Si cuando sean mayores de edad quieren marcharse, nosotros seguiremos aquí para lo que quieran. En casa cabemos más», dicen.