Reportaje | CARMEN TAPIA
«Sufrí mucho, es mejor no venir»
Abderrahim contrajo la brucelosis por sus pésimas condiciones de trabajo

Abderrahim, en Villaobispo, a la salida de su trabajo actual como jardinero.
«Yo vivía con mi familia en Setatt, un pueblo cerca de Casablanca. Veía en la tele el nivel de vida de Europa y España y quise tener las mismas oportunidades, quería conocer el mundo europeo y volver con más dinero y un coche». Este fue el comienzo de una odisea cargada de tragedias con final feliz. Abderrahim tiene 31 años pero a los 26 decidió cambiar su vida tranquila al lado de sus padres y su hermana para perseguir un sueño que le ha costado cinco años de lucha, soledad y ha puesto en peligro su salud. Indocumentado, sin familia y sin conocimientos del idioma, este marroquí aguantó las pésimas condiciones laborales impuestas por un ganadero de León, ahora procesado, durmiendo en una habitación con el ganado en el establo, rodeado de pulgas, alimentándose de comida enlatada que le servía el propietario del ganado, con pésimas condiciones higiénicas y sin un sólo día de descanso, «no me dejaba ni ir a cortarme el pelo. Me pagaba 400 euros». Después de dos meses, con fiebre y sin que el empresario le arreglara los papeles, como había prometido, se fue a Murcia con unos conocidos. Nada más llegar tuvo que ser ingresado en el Hospital. «Me fui de León con dolores, manchas en la piel y con fiebre muy alta. En Murcia me diagnosticaron brucelosis. Estuve en el hospital doce días. Pensé que estaba curado y dejé de tomar la medicación. Recaí y volvieron a ingresarme». Cuando se curó volvió a León, donde ha rehecho su vida. Encontró trabajo con otro ganadero, pero la experiencia dio un giro de 180 grados. «Me trató como uno más de la familia, comía en casa con ellos, me pagaba bien y me arregló los papeles hace año y medio. Ahora estoy feliz, me tratan bien en mi nuevo trabajo (una empresa de jardinería)». Vive con su pareja en Villaobispo y su situación se ha normalizado. «Pero mi primera experiencia en León fue una cosa horrible, que no me puedo quitar de la cabeza. Sufrí mucho, es mejor no venir», concluye.
Todo comenzó hace cinco años en Marruecos. Acompañado de tres amigos, se puso en contacto con una mafia a la que pagó ochocientos euros para atravesar el estrecho en patera. «Llegué a la frontera de Marruecos un día de agosto. Allí nos esperaban otras cuarenta y seis personas a las que yo no conocía de nada. Sólo había una mujer. El viaje duró veintiséis horas. Todos llevábamos comida y agua pero nadie probó bocado en todo el tiempo porque no sabíamos lo que podría prolongarse el trayecto. Aguantamos casi sin comer. Tuvimos suerte, hizo buen tiempo y el mar estaba tranquilo. Yo sabía nadar un poco, pero no como para defenderme en el mar. Conozco mejor mi medio, el Sáhara, pero no sé nada de sacar pescados».
Su padre es dueño de una tienda de alimentación y con su trabajo crió a sus dos hijos. No les faltó nunca lo necesario para vivir, «mis padres no me dejaban venir, pero yo quería conocer otros mundos», asegura. Su hermana también trató de cambiar su decisión, «me dijo que podría tener tres consecuencias: perder el dinero y volver peor, conseguir mi objetivo o morir en el intento. Me arriesgué. Llegamos a las 11.00 a la costa de Almería. Nos esperaba la vigilancia marina, saltamos de la patera y corrimos, a mi no me cogieron, a otros sí. Me adentré en el monte y unos conocidos me escondieron en su casa».