Rodríguez: «Franco tergiversó la idea de España para acusar de traición»
La Fundación 27 de Marzo presentó ayer el libro que rescata la memoria de un centenar de militares represaliados por ser fieles a su juramento a la República

Enrique Berzal, Francisco Álvarez, Evelia Fernández, Fermín Carnero y Javier Rodríguez, durante la p
Bajo el mural de Vela Zanetti del Auditorio y con una bandera republicana en la mesa, se presentó ayer en León el libro El valor de un juramento , editado por la Fundación 27 marzo, y que recupera la memoria de un centenar de militares y milicanos -”60 de ellos biografiados-” que «tuvieron importancia en la defensa de la legalidad de la República» en lo que hoy es Castilla y León.
Con el objetivo de «poner en valor la dignidad mancillada y secuestrada» de estos militares, dijo Fermín Carnero, presidente de la fundación, el libro deja patente que «en 1936 una parte del ejército español quebró el juramento, que fueron los que dieron el golpe y otra parte qusieron ser fieles al juramento dado, no hacer la revolución», remarcó Enrique Berzal, profesor de la Universidad de Valladolid y uno de los autores.
Fue el caso de Nicolás Molero, ministro de Guerra en 1935, durante el gobierno de la derechista Ceda, que fue desalojado de la capitanía en Valladolid, condenado a tres años en 1937, luego a 30 y finalmente a doce y que tuvo que acudir a la caridad para vivir.
Del sentido de la lealtad de estos militares dan fe las cartas que se recuperan en el libro y se pueden ver en la exposición con documentación de los militares que se puede ver en el Auditorio de León hasta el 15 de diciembre. «El que esto relata tiene tanto de traidor como lo cometido por los Comuneros», dejó escrito el sargento de carabineros López Pichel, fusilado en Zamora. A un compañero herido le fusilaron en la camilla.
Más allá de los nombres. «Hemos querido ir más allá de los nombres, saber qué había pasado, cómo se produjeron las detenciones y qué pasó con sus familias», subrayó el otro autor, Javier Rodríguez, profesor de la Universidad de León, quien incidió en que los militares fieles al juramento no eran antiespañoles, aunque durante el franquismo «se tergiversa el término España para desacreditar a estos militares fieles a la República y acusarles de traición y auxilio a la rebelión».
Rodríguez puso como ejemplo de los valores que defendieron los militares republicanos el testamento del capitán Lozano, abuelo del presidente del Gobierno: «A él (Dios), en este momento de abominables pasiones, pide la paz de España y de la Humanidad, muere inocente y perdona. Pide a su esposa e hijos que perdonen también».
El historiador se detuvo en el consejo de guerra 386/36, por el que se condenó a Juan Rodríguez Lozano -”su hijo, padre del presidente Zapatero, estaba ayer entre el público-” e hizo hincapié «en el especial ensañamiento en su ejecución».
La causa todavía no ha aparecido, pero las diligencias previas ofrecen «datos novedosos» que hablan «de la intención de ejecutar al capitán Lozano por encima de las peticiones de clemencia» y «con gran celeridad». En algún documento, aparece también la orden de «mándese destruir» en referencia a la comunicación de su fusilamiento en Puente Castro el 18 de agosto de 1936.
El teniente asturiano Alejandro García Menéndez se ha hecho un hueco en este libro por su defensa de Ponferrada junto a los mineros que se concentraron ante el cuartel de la Guardia Civil. Fue ejecutado el 30 de julio en Puente Castro junto al alcalde de Ponferrada, Luis García Arias, y el presidente de la Casa del Pueblo, Arturo Pita Pérez.
Evelia Fernández, concejala de Cultura, señaló que la labor de la memoria histórica no debe parar «hasta que les hagamos visibles a todos». La memoria de su padre también estuvo presente: «Era capitán de aviación y se pasó la vida como transportista de mercancías».
Además del hijo y el nieto del capitán Lozano estaban ayer en la presentación del libro el primer presidente de Castilla y León, Demetrio Madrid, y Maximino Barthe, sobrino de Alfredo Barthe, uno de los civiles condenados en el mismo consejo de guerra, que era delegado de Campsa: «Le ofrecieron un coche para regresar a Madrid, pero dijo: «Si yo no he hecho nada». Y se quedó para siempre.