Diario de León

Reportaje | maría carnero

Casi un siglo desde el desafío

El canal de Caín, hoy roto por el alud de piedras, se recuerda como la mayor obra de ingeniería de la historia de Picos

Casi 2.000 hombres trabajaron para construir el canal.

Casi 2.000 hombres trabajaron para construir el canal.

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Corría el año 1917 cuando cerca de 2.000 hombres desafiaron a las leyes de la naturaleza para enfrentarse a una de las obras de ingeniería más ambiciosa de la época, la construcción del canal entre Caín y Camarmeña para abastecer con las aguas del río Cares a la central hidroeléctrica de Poncebos, la misma infraestructura que esta semana, casi un siglo después, ha sufrido el zarpazo de la montaña que arroja toda su rabia en forma de aludes de piedra.

Esos hombres, capitaneados por el ingeniero de Minas Mariano Zubizarreta Rodrigo, consiguieron adentrarse nueve kilómetros en la abrupta montaña que separaba el Cornión del mazizo de los Urrieles, una obra descomunal a 240 metros sobre el nivel del río.

La construcción de este canal, cuya historia fue reflejada por periodista Marco Romero en el segundo tomo de El siglo de León , editado por Diario de León, constituye una de las hazañas más recordada en la zona, tanto como por la embergadura del proyecto como por coste de vidas humanas que se cobró. Al menos once personas fallecieron entre 1917 y 1921, plazo de ejecución del proyecto, en accidentes, e incluso, asesinatos a pie de obra. Otros muchos incidentes laborales fueron provocados por la virulencia de la montaña y por los precarios métodos de trabajo con los que se enfrentaban los obreros a principios de siglo. Durante los cuatro años que duraron las obras la actividad fue frenética. Barrenas, dinamita, detonadores, mecha o cemento llegaban en tren hasta León, y desde allí los bueyes recorrían los 120 kilómetros que separan la capital leonesa de Posada de Valdeón para transladar el material, que después era portado en caballerías hasta Caín por caminos imposibles de transitar. Pero las dificultades no terminaban ahí, las condiciones utilizadas para construir los túneles eran infrahumanas. La falta de ventilización en las galerías y las espesas polvaredas que se formaban tras las explosiones ponía en constante riesgo la salud de los picadores. La colocación de las tuberías por las que discurriría el agua también fue un trabajo de enorme complejidad. Tanto es así que tuvieron que venir operarios de Alemania para conseguir casar los tubos «in situ».

Al la dureza del trabajo también se unia las adversas condiciones meteorológicas. Memorable fue la nevada del otoño de 1918, cuando 400 hombres que trabajaban entre Culiembro y Caín se vieron amenazados por la falta de provisiones y decidieron salir hacia los barracones y almacenes construidos en Los Collados. Les esperaba un peligroso camino, agravado por momentos por la incesante nevada que hacía imposible su regreso a Valdeón. Salieron a las cinco de la mañana iluminados por candelas. Muchos de ellos, agotados, tuvieron la tentación de abandonar apartándose a la orilla dispuestos a morir, pero los oriundos del grupo tomaron el mando de las expedición animando a los más desvalidos. Un enorme estruendo y los coletazos de una honda expansiva les alertó del mayor alud conocido hasta la fecha en Picos de Europa. Ni la nieve, ni las rocas ni los árboles destrozados fueron suficientes para frenar el paso de estos hombres con volundad de acero. Todos ellos sobrevivieron y presenciaron la llegada del agua a la central asturiana en 1921.

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