Reportaje | ENRIQUE ALONSO
Las leyendas dieron fama a la ruta
Las crónicas más burdas sitúan al emperador Carlomagno en Compostela y algún cronista coloca al apóstol Santiago luchando junto al conquistador Hernán Cortés en la batalla de Tabasco

La presencia de peregrinos ha sido una constante a lo largo de los siglos.
Hablábamos, en nuestro anterior Retablo, de las débiles pruebas que se querían aportar a la presencia de Carlomagno en el sepulcro del Apóstol, incluso sacándole del contexto cronológico. Y abundando en el rechazo de aquellas tesis, escribe Luis Vázquez de Parga, en el citado Diccionario Histórico: «La leyenda se apoderó de estas relaciones de Carlomagno con la España musulmana y cristiana no sólo en el Cantar de Roncesvalles, sino en leyendas de origen ultrapirenaico, que hacen a Carlomagno conquistador de toda España y restaurador del sepulcro de Santiago y de su Iglesia, o en otras en las que se muestra la reacción española que cristaliza en la figura legendaria de Bernardo del Carpio».
Complementamos los anteriores, con lo que Millán Bravo dice en su Guía del Peregrino Medieval : «El Emperador Carlomagno tuvo también conocimiento del hallazgo, y muy pronto su figura se va a ver tan ligada al sepulcro del Apóstol, que las leyendas épicas francesas medievales, le atribuyen, inexactamente, el descubrimiento del mismo. Afirman además que fue no sólo el constructor, por ejemplo de la Basílica de Sahagún, una de las localidades más importantes en el Camino de Santiago, sino del mismo Camino. Ello nos da una idea aproximada de la difusión que adquirió la figura de Santiago en toda Europa, y de la atracción que muy pronto empezó a ejercer en la Cristiandad de Occidente».
Con todo ello, sin alterar en lo más mínimo, sino acrecentando la riada peregrina, la Ruta Jacobea se consolidó hasta límites insospechados por sus propios mentores. Es curioso el caso del emir Alí-Ben-Yusuf, que camino de Compostela para presentar una Embajada a la reina Urraca, a principios del siglo XII, preguntaba a los componentes de su séquito: ¿Quién es ese tan grande y excelso personaje ante el cual acuden a orar incontables cristianos de uno y otro lado de los Pirineos? es tal la multitud de los que allá van y vuelven, que en la ruta a occidente, apenas encontramos espacio por el que avanzar». A esta pregunta se le respondió que este personaje era Santiago, el Apóstol de nuestro Señor y Salvador... cuyo cuerpo se halla enterrado en los confines de Galicia, y a quien veneran como su Patrón y protector, Francia, Inglaterra, el Lacio, Alemania y todas las regiones de la Cristiandad y, principalmente España».
De Europa a América. Santiago se había puesto de moda, y quienes tenían que sostener el mito de su obligada presencia para rematar desde el blanco corcel a los pertinaces sarracenos que no caían por las buenas, le daban trabajo al lado de San Millán para ganar la batalla de Simancas -”como recoge Gonzalo de Berceo en sus tetrástrofos monorrimos dedicados a la Vida de San Millán en el siglo XIII-”, o le llevaban a Coimbra con Fernando I... le veían llegar cabalgando con viento favorable en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa... Había nacido el mito de «Santiago Matamoros».
Hasta tal punto llegó a estar presente en las batallas importantes, que nuestro historiador del siglo XVI, Francisco López de Gómara, capellán de Hernán Cortés en sus expediciones contra los aztecas, le sitúa en su Crónica de la Conquista de Nueva España luchando contra los indios al lado de Hernán Cortés en la batalla de Tabasco, testificando así que no le daba trabajo cruzar el océano para acudir en socorro de cualesquiera cristianos. Pero esta vez, nuestro buen clérigo, fue refutado con cierta sorna por un testigo de excepción: el prestigioso cronista Bernal Díaz del Castillo, que acompañaba también al conquistador extremeño en esa batalla de 1519, y escribía en su crónica: «Pudiera ser que lo que dize el Gómara, fueran los gloriosos apóstoles señor Santiago o señor San Pedro, e yo, como pecador, no fuese digno de lo ver. Lo que yo entonces vi y conosçí fue a Francisco de Morla en un caballo castaño que venía justamente con Cortés, que me parece agora que lo estoy escribiendo se me representa por estos ojos pecadores».
La moda del peregrinar. Pero insisto, el Camino de Santiago, a pesar de las brumas legendarias, la aspereza de la Ruta, el peligro del bandolerismo, o la altanería amenazante de algunos caballeros ociosos, como nuestro don Suero de Quiñones, ganaba día a día en su creciente andadura, pues se afirmaba que el santo devolvía la vista a los ciegos, oído a los sordos, palabra a los mudos, la vida a los muertos... además del borrón y cuenta nueva en el haber negativo de las almas pecadoras. Reyes, príncipes, nobles, santos... siguieron las huellas peregrinas de aquel romero documentado: el obispo Gontescalco, que desde su sede francesa de Le Puy peregrinó en el año 950 acompañado de 30 soldados bien pertrechados con yelmos tardo-romanos, escudos redondos y espadas de tradición germana.