Valdellán indulta un toro en su debut en la provincia

Los toreros recordaron en sus brindis al corredor fallecido.
Fernando Álvarez Sobrado debutó en la provincia con un éxito rotundo. La única ganadería de bravo que pasta en campos leoneses, con experiencia ya en plazas toristas y exigentes, llevó al coso facundino un encierro que peleó bravo en varas salvo el quinto (y les dieron de lo lindo, casi siempre de cualquier manera); y se empleó en la muleta con una bondad que sólo en contadas ocasiones saca este encaste. Toros nobles y colaboradores que merecieron que la terna les sacara mejor partido, a pesar de que el indulto del lidiado en cuarto lugar y las dos orejas cortadas al tercero pudieran dar otra impresión.
El caso es que la plaza pidió con insistencia (Sánchez Vara animó la petición con ostensibles insinuaciones) el indulto del cuarto toro de la tarde, herrado con el número 19, de 512 kilos. Fue, es verdad, un toro que empujó con fuerza en el caballo y se arrancó con bravura en el segundo puyazo; que colaboró en las banderillas que puso el matador y sobre todo que humilló, embistió incansable con nobleza fijo en la muleta, por los dos pitones, y sin hacer un extraño. Con la boca cerrada, como la mayoría de sus hermanos. El torero trasteó con inteligencia y eficacia, sin excesivas apreturas y con altibajos en la hilazón de la faena. En el primero, deslucido en su embestida, toreó con corrección, sin apreturas ni estridencias.
Fernando Cruz cortó dos orejas al lidiado en tercer lugar, que como el resto de sus hermanos no permitió el lucimiento en el capote pero se empleó con bravura en el caballo. Cruz, decidido, alargó el viaje del toro alegrando la embestida con la voz y no se desanimó, aunque el de Valdellán salía de la muleta con la cara alta y, aunque se movió, lo hizo con escaso celo.
Al que cerró el festejo, que se dejó pegar en varas pese al ensañamiento del picador, no sólo se le masacró en el caballo (a pesar de lo cual no dobló las manos en ningún momento) sino que se le dio una pésima lidia. El toro de más peso y mayor edad de la corrida embistió aún con codicia, aunque quedó de su encuentro con picador y banderilleros gazapón y saliendo con la cara arriba. Se desentendió el torero, hasta el punto de dejar una primera estocada atravesada que esperó con cierta indolencia que hiciera efecto. No fue el caso, tuvo que entrar otras cuatro veces. Y todavía tuvo que padecer el de Valdellán al menos dos docenas de torpes puntillazos entre la bronca del respestable. Pésimo espectáculo.
Serafín Marín pasó con más pena que gloria. El segundo, bravo en el caballo y codicioso y humillando en la muleta, le dio una lidia entonada acertando a perder unos pasos para dar a la embestida la longitud que pedía la bravura del animal. Gran toro también. Al quinto, el único manso y que fue perseguido indecentemente por el picador por todo el ruedo acabando con lo poco que pudiera tener el toro, no quiso ni verlo. Se llevó su bronca.