Ya están aquí
Carta te escribo
Querido hermano: Pues sí, ya están aquí. Se nos fueron los romanos con su parafernalia trompetera y los astures con sus cuernas sonoras, con tal éxito que lo de interés turístico lo tienen a punto de caramelo. Siguen los pasos de la Semana Santa que ya es nacional. Se fueron, sí, pero ya vinieron los otros. Tropa en tropel que «apanca» con todo lo que se le ponga por delante; y a veces por detrás. La calle que antes era tuya y vagabas por el asfalto sin preocupación, te asombra y asusta con el claxon estridente del que cree, con razón además, que la calzada es de los coches. Jo que sustos te llevas, querido. Llegaron y se toman el super al asalto; la abuela es ayudada a descender del 4x4, mientras preparan una fila de autos que hacen sonar los pitos que no veas; la nuera agarra un carro, el hijo una cesta para las cervezas y los nietos las correspondientes para las patatas, aceitunas y demás. La abuela contempla todo el trasiego, el ir y venir de la una y de los otros, con cara de susto y sujetando la cartera con disimulo. Soy testigo, no impertinente. Ella será la pagana. Otros, después de aparcar van con su progenitor a la Caja. Abuelo que en esa cartilla no debes tener tanto dinero; anda, saca un poco y esta tarde le damos una sorpresa a la abuela; que le lleven la vitro, que el gas es peligroso a vuestra edad, y además es mucho más limpia; de paso también podemos encargar un arcón algo más grande; así, en el pequeño metéis los fréjoles, pimientos y demás y en el grande la matanza; que este año habrá que hacerla un poco más abundante. No dejan nada, tú. La crisis los ha lanzado al pueblo; mejor que en Benidorm dice el chorvo; y Nolete asegura que se va a comprar una estaca de roble y liarse a palos. Porque dice, salieron del pueblo huyendo de la guadaña a Madrid, Barcelona o Bilbao y ya casi ni saben cómo es un rastro. Pero, ay salao, desde que llegó la crisis, hace un par de años, han descubierto el pueblo como mejor campo de ensayo. Y los muy cencerros, se quejan de las «moñicas» por las calles –ellos, ahora, a las moñicas le llaman bostas-, que les ensucian las chancletas que algunos lucen con unos calcetines horrorosos; y lucen pantalón a media asta y cien bolsillos, tan anchos que les airean bien los zeppelines.
Después de husmear todo el pueblo, consienten que les inviten a un vino, y finalizada la siesta dan la tabarra al primo que salió alcalde en mayo. Primo, había que… Vete a tomar por saco, coño, le contesta. La piscina sería mejor olímpica, había que hacer una pista de padel, como en Castrillo, no sería cosa mala una ludoteca y así Yésica estaría todo el día sin darnos la murga. Había que… Leche, no haberte marchado, dice Nolete.
Y así todo el mes, hermano. Que antaño venían, como mucho, la semana de la patrona, por aquello de acompañar a los abuelos; eso sí, el coche al partir lo llenaban a tope que hasta patatas metían y no volvían a aparecer hasta la matanza, ya sabes a qué. Ahora no, como te descuides los tienes, a todos, cada fin de semana, que eso sí se nota bien; el maletero lo traen vacío por si se tercian las berzas de Juanita, tan ricas como son y tan servicial que es ella; o aquellos pimientos morrones de Jandro que ya comienzan a colorear. Oye, y si les dice que no, hasta les parece mal. Sí hermano; más que las plagas de Egipto que son tantas como salgan del coche alborotando y despertando al perro que, indiferente, guarda la entrada del huerto al frescor de la tapia. Y se van arramplando con todo, querido. ¿No lloverá?