Huérfanos de padres, hijos de Lillo
Un grupo de madrileños que llegó a la montaña desde un hospicio religiosopara trabajar recibe el homenaje de sus vecinos «por echar raíces en esta tierra»

Los vecinos ovacionaron a los homenajeados.
Los llantos que derramaron cuando llegaron a Puebla de Lillo dieron riego a unas raíces «que hoy se hunden en el corazón de Susarón», emblema del pueblo. El fruto que creció fue una familia grande como un pueblo, que ayer les rindió homenaje. Nueve huérfanos del colegio de San Fernando de Madrid que llegaron hace cincuenta años a la montaña leonesa para «labrarse una vida» forman ya parte de la Historia de este rincón de la provincia leonesa.
Su historia se remonta a la década de los años sesenta, cuando el párroco Don Constantino intercedía con el hospicio madrileño para traer a Puebla de Lillo internos que trabajaran en el seno de familias de acogida. «Son obreros» que realizaban tareas de pastoreo, de albañilería, agrícolas o mineras. Muchos no aguantaron las condiciones de «esta montaña, dura, inhóspita» y dejaron el pueblo, pero otros, como los homenajeados ayer, ligaron su vida a esta vecindad que ahora devuelve su «reconocimiento a estos hombres que sin ser de la tierra, ya son de la tierra».
La Asociación Cultural Virgen de Pegarrúas con Paco Alfayate al frente entregó las placas de agradecimiento a las nueve hombres que continúan en el pueblo o en otros cercanos. Es el caso de Andrés Martínez Sánchez, de 58 años, que llegó a Puebla recién cumplidos los diez y ahora tiene 58. Llegó como sastre a pedir trabajo al chalé de la tía Enriqueta de Papalaguinda en León, acabó en la mina, pero nunca le importó porque en León está «de altura» y «aquí el más tonto con los codos hace calcetines».
Felipe Bernardino Rodríguez Rodero, ‘Felipón el de Cofiñal’, hizo «buen negocio cambiando los curas y las monjas por las vacas». Desde entonces ha vivido en estos valles cuidando el ganado que pastaban en la pradera que rodea la ermita en la que fueron homenajeados. Cuenta que en estos parajes ha visto varios lobos y que siempre que puede va a ver el sorteo de Navidad a Madrid. Los nueve son muy populares en la zona, aunque sólo Luis López García, ‘El Moro’, tiene una calle con su nombre. Trabaja en el restaurante Porma y asegura que «este homenaje vale más que mucho dinero». Todos han tenido una «vida dura». Arrancados de sus familias cambiaron el hospicio por la montaña leonesa por un trabajo que hoy les ha sido pagado de la mejor forma: con el reconocimiento de los suyos.