Cualquier tiempo pasado fue Astorga
OpiniónJosé González Gullón
Todos los finales de agosto, cuando el verano tardío enrojece los atardeceres de la Muralla, el alcalde de Astorga —este año y por primera vez en su historia, la alcaldesa— ordena y manda que la ciudad se vista de fiesta, que ensanche con generosidad su viejo cinturón de piedra y pueda dar cabida a cuantos quieran por unos días montar su tienda bajo su cielo. Y al mismo tiempo que sus vecinos rompan con su habitual costumbre de silencios con la misma alegría que lo hacen el resto de las campanas, y que tengamos la fiesta en paz. Mandamiento este último que por fortuna aquí se cumple ejemplarmente. Y que el primero de nuestros recuerdos sea para la patrona Santa Marta, sin cuya permanente sonrisa y sin su guiño maternal difícilmente hubiésemos llegado hasta aquí.
Así que nos encontramos otra vez, felices y contentos, astorganos venidos de los lugares más lejanos pues nunca hubo mejor fiesta ni momento más emocionante que el de las 12 campanadas que anuncian el comienzo de sus festejos patronales. Y es que las campanas siguen ofreciendo a los vecinos el informativo sonoro más antiguo y certero de la ciudad. Lo mismo anuncian fiesta, que llaman a misa, que tocan a un muerto o avisan de un incendio. Incluso la muerte de un niño tenía un toque especial al que el ingenio popular añadió una letra consoladora: «Al cielo van los angelitos de San Julián».
La salida de los gigantes y cabezudos sigue siendo el mejor pregón. Los más pequeños presencian su paso con la esperenza de perderles el miedo algún día, mientras que los mayores sienten que la edad se aleja cada vez más de esa ilusión.
En aquellos tiempos de estrecheces, a los que parece que estamos condenados a volver, se lanzaban al aire, entre cohetes y bombas de caramelos, grandes globos de papel que, fuera por el viento o por la impericia, casi siempre se incendiaban sin llegar a coger altura. De madrugada, las llamadas dianas floreadas, entraban por el balcón oliendo a churoos. Y por la noche, los fuegos artificiales, contemplados siempre a prudente distancia y sin soltar la mano familiar más próxima, invitaban con cascadas de luces a soñar paisajes increíbles.
Los que crecimos en una Astorga en la que jugábamos al toro entre los geranios de los patios hogareños, no podemos por menos que felicitarnos por la vuelta este año del cartel de toros al programa. Más de un siglo de tradición taurina nos contempla. Ninguna plaza de toros del noroeste de España cuenta con su historia, solera y antigüedad.
Pero volvamos al mediodía del sábado, que también pregonan de manera espectacular, enloquecidos por los cohetes y las músicas, grandes bandadas de pájaros que se ven obligados a abandonar la ciudad buscando refugio allá por la Eragudina. Porque los pájaros son otra costumbre de la ciudad. En Astorga llegaron a convivir, que uno recuerde, familias enteras de jilgueros, pardales, gallinas, canarios, pichones, pajaritas y hasta cotorros. Todos buenos vecinos que soportaban el sobrenombre heredado. Si aquello no era el paraíso se le parecía mucho.
Cuando sales de Astorga y pasas San Justo de la Vega comprendes por qué Santo Toribio se despidió de la ciudad descanzándose al llegar a los altos del Crucero. No lo hizo por limpiarse el polvo, sino para advertir de que quien se despide para siempre de Astorga está condenado a andar descalzo toda su vida.