Diario de León

El Monte de Villimer y la fiesta de La Borrega

La localidad recupera una celebración que une el hoy de la vecindad con un ayer que data de hace más de 200 años.

Villimer recupera hoy una de sus fiestas más tradicionales.

Villimer recupera hoy una de sus fiestas más tradicionales.

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Desde las casas de Villimer, contemplamos a lo lejos cómo se alza majestuoso el Monte, con su color verde oscuro, del roble, de la encina, de la aulaga y de la jara. El monte tiene un aroma salvaje peculiar; y donde no es difícil divisar al conejo, corzo, jabalí, zorro y lobo en tiempos propicios. El monte parece una tierra triste, pero tiene un alma, y muy grande. Por debajo de la apariencia visible, hay un mundo invisible que nos transmite una parte pequeña de la historia de Villimer, que nos da sosiego y libertad, silencio y carisma. Quien se eche al monte y lo recorra despacio, acaba fascinado por un ambiente mágico y evocador. Allí se conoce la profundidad, se palpa la quietud, pero también se puede escuchar, por ejemplo, el reclamo de una perdiz enamorada y mil cosas más, si el oído está atento.

Los años pasan y pasan, y parece que el monte no cambia, por fuera, en su estructura arbórea, que sigue inalterado, siempre igual, a la espera de eternidades. Pero, ay, tiene su metamorfosis especial, avanzando y fluyendo al ritmo que marca la naturaleza. Por dentro, en su espesura, tiene una vida muy intensa. Quizá no valen lecciones de Universidad, lo que valen unos días sintiéndolo por sus adentros; porque el monte es muchas cosas a la vez: roble, hoja, jara, sardón, aulaga, conejo, zorro, ratón, pájaro, corzo, sol, tierra, paisaje, equilibrio en la cadena natural, fragancia, vida palpitante, es amor que no pasa… Y no pasa porque, desde hace al menos 200 años, se viene celebrando, como recuerdo palpitante de la subasta de los beneficios que producía el monte, una comida muy animada, que nunca defrauda, y conocida genéricamente como «La Borrega», donde lo más importante suele ser lo que no se ve, haciendo indudablemente de pasarela de unión entre el ayer y el hoy.

Cada año, el 15 de noviembre, desde hace dos siglos, sin duda, se venían reuniendo los propietarios para deliberar sobre la mejor utilización del producto: pasto para el ganado lanar y leña, etc. También se hablaba de la servidumbre del monte. Los caminos de servidumbre han generado, desde siempre, múltiples problemas entre los propietarios, pues todo terreno forestal debe tener una salida o paso. El paso debe ser por el punto menos perjudicial al predio sirviente, y por donde menor sea la distancia al camino público. Los señores socios, aprovechando la coyuntura de las asambleas concejiles, hacían una frugal comida en hermandad, que se ha ido perpetuando de generación en generación. Las primeras Juntas del monte se hacían en el Puente de Villarente. Pero, a partir de 1910, según se recoge en acta de 28 de noviembre, se hacen en Villimer: «A partir de esta fecha, todos los acuerdos, juntas, sesiones y reuniones que tenga la Sociedad, se han de celebrar en Villimer. En este pueblo, igualmente se harán anualmente las cuentas…»

Dando fe de estos actos económico-sociales, nuestra gente de ayer levantaron unas Actas muy sabrosas y de inestimable valor, donde se pueden analizar el tesón de aquellos hombres que, con pocos medios, con poca cultura, aparente, pero con mucha vida y fuerza en el alma, eran capaces de debatir los problemas, en la Casa de Concejo, con más tesón y dignidad que lo que hoy hacen nuestros parlamentarios en las Cortes; pues los políticos de hoy, muchas veces, andan por caminos distintos a los que utiliza la gente del pueblo. Las actas tienen una grafía casi perfecta, por lo cuidada. Descubrimos una letra elegante y legible en su totalidad. En otro momento, las comentaremos.

El monte de nuestros días, con el devenir de una economía más saneada, ha dejado de ser explotado desde todos los puntos de vista. Hoy es un monte cerrado por la espesura, de 155 parcelas o ‘suertes’, cuyos propietarios, algunos de ellos no saben que lo son, en tanto que otros desconocen la situación exacta de su propiedad. El descuido ha ido borrando de la vista todos los mojones, linderos, caminos, senderos y puntos de referencia. Con ello, han dejado de celebrarse aquellos Concejos, a menudo con discusiones rudas, pero a la vez apasionadas y vibrantes; quedando como reliquia la renovación de los cargos de la Sociedad: Presidente, Vocales, Secretario y la celebración de la comida y cena de hermandad.

A la comida, por otra parte, sólo acuden los hombres, del pueblo y alrededores, al estilo medieval, para perpetuar —dicen— las costumbres ancestrales. En algún momento, ha habido algún atisbo de integrar a las mujeres en la organización y en la fiesta, pero las huestes varoniles tienen sellado el coto con siete llaves. No obstante, si se derrumbó el muro de Berlín, éste no estará lejos. Esta fiesta ha pasado, años atrás, por momentos difíciles, de debilidad, pero tomaron las riendas de la recuperación Emilio Moratiel y Ramiro Pérez y volvieron a relanzar con vitalidad y pujanza el evento.

La primera vez que se cita la comida en las Actas es en 1927. Entonces se trataba de una comida muy modesta: «oveja con patatas, pan y vino, cuyo coste ascendió a 24,90 pesetas». El vino, sin duda, sería un ‘vino de pasto’ y seguramente se bebería por jarro ‘a morro corrido’. Aquellas comidas de ayer están tan separadas de las de hoy, como lo están el cielo y la tierra. Ya, en 1994, se nota clarísimamente un avance hacia la modernidad. Aparecen en la mesa: papel para mantel, queso, café, bebidas variadas, postres variados, azúcar… Ya todo un lujo. Hoy, empero, la comida navega por otras aguas de gran pompa y generosidad, donde no falta de nada.

Sin embargo, el plato fuerte de la comida y de la cena sigue siendo la oveja del monte, la ‘Borrega’, hecha de múltiples formas: en guiso, con patatas, a la caldereta... La carne de oveja ha sido siempre un plato tradicional en la zona desde los Astures de Lancia hasta nuestros días. No olvidemos que la oveja entró en España hace 4.800 años antes de Cristo. Es cierto que, en estos tiempos, con la carne de oveja se ha creado un poco de leyenda negra, porque donde esté un lechazo churro de raza y bien asado, hay pocas cosas que lo igualen en el paladar de los humanos. Pero es necesario reseñar que la oveja, bien tratada por manos expertas, tal como la preparan los cocineros de Villimer, no anda muy a la zaga, como bocado suculento, por su sabor exquisito y su aroma espectacular e intenso, que llena la boca y el aliento de mil tonalidades afrodisiacas inolvidables. Es la degustación de unos sabores tentadores, que se van perdiendo en la sociedad moderna. Los brotes tiernos del monte proporcionan un sabor delicioso a la carne que, regada con un vino de ‘prieto picudo’ de los Oteros, produce en el paladar música de violines. Cada año parece que esta comida está más exquisita y apetitosa. Su preparación, no obstante, es todo un ritual litúrgico, donde los chefs de cocina dan lecciones de medida, orden, armonía y sapiencia. Elaborar este magnífico plato tiene bastante de alquimia, de magia, de fascinación, de duende; pues lleva una semana de preparativos. La comida está al alcance de todos los hombres del pueblo y demás propietarios de las ‘suertes’ del monte, pero el encanto íntimo se reserva al grupito de vecinos que andan alrededor de los fogones; pues el mérito para ellos no está en degustar la comida en cuanto tal, sino en preparar, ver, sentir, probar en primicia, beber, conversar, disfrutar de la elaboración paso a paso.

Así pues, dejamos por los aires el anuncio, que hoy daremos un empujón a la fiesta de la Borrega y volveremos a celebrar estos fastos, cumpliendo los sueños que se conservan en el estuche de la memoria desde hace tanto tiempo... ¡Que viva la fiesta!

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