Los osos se lo montan en la cordillera
La primavera despierta los instintos de los plantígrados que retozan a sus anchas tras el sueño invernal. Los montes de la Cordillera Cantábrica son testigo en estas semanas de las escaramuzas amorosas del oso pardo. Machos y hembras dejan en las cámaras de la Fundación Oso Pardo escenas de pura naturaleza al servicio de la supervivencia
Un macho.
Dicen que en los montes de la cordillera se está viviendo una primavera bulliciosa. Es la época de celo para el oso pardo que, tras un invierno ‘a dos velas’ a resguardo en las oseras, deja vía libre a su instinto de supervivencia para buscar pareja... o parejas. Las cámaras de la Fundación Oso Pardo (FOP) han sido, un año más, testigo de la promiscuidad de machos y hembras en un ritual de cortejos que, más allá de la anécdota, garantiza la pervivencia de una especie aún en peligro de extinción.
«Los osos —asegura José Luis García Lorenzo, coordinador de Proyectos de la FOP— han salido fuertes de la hibernación y están en una magnífica forma física». Olfatean, hocico a tierra, los rincones de las laderas en busca de osas ‘receptivas’. No quedan defraudados, a tenor de las imágenes grabadas por los técnicos de las patrullas de la FOP que en estos días han observado episodios de celo de hasta seis ejemplares simultáneamente. «Cuando encuentran una osa, comienzan los cortejos, que pueden provocar la atracción de otros osos, hembras o machos, también con intenciones de aparearse», describe García Lorenzo. Pero no todo son amores. También se dan casos de infanticidios, machos que atacan a los oseznos de pocos meses, en ocasiones hasta darles muerte, para que su madre entre en celo y mejorar, así, sus expectativas reproductoras. Aseguran en la fundación que para las hembras, el infanticidio es un perjuicio. «Pierden la inversión que habían hecho en sus crías, y por eso han desarrollado estrategias evolutivas», explica el coordinador de Proyectos de la FOP. Prefieren entonces caer en la promiscuidad. «Copulan con varios machos diferentes para que no tengan certeza de su paternidad y no ataque la primavera siguiente a los oseznos, al reconocer a la hembra y considerar que podrían ser sus propias crías», aclara la fundación que señala que, además, este comportamiento favorece la diversidad genética de la camada y la selección de los mejores genes; los machos, por su parte, «aumentarán su éxito reproductor si copulan con un alto número de hembras».
Es la hembra la que ejerce el control del apareamiento. Ella dirige la marcha y busca más activamente el alimento. «El macho está más pendiente del cortejo y se alimenta con menor frecuencia» y en este proceso, se acarician, los machos buscan los cuartos traseros de las osas olfateándolos para comprobar su receptividad. La monta se realiza por detrás, apoyando su cuello en el de la osa y mordisqueándolo, de vez en cuando. La cópula completa puede durar segundos o prolongarse hasta los 50 minutos.
Una vez fecundados, los óvulos no se implantan hasta el otoño, cuando la alimentación de la osa es más contundente, a base de castañas, bellotas o hayucos. El momento del parto se produce durante el invierno, en la osera, y las crías crecen al abrigo de su madre hasta que la primavera les permite salir de la cueva. Entonces ya pesan entre 3 y 4 kilogramos. También lo han captado las cámaras de la FOP y se puede ver en www.diariodeleon.es.