Diario de León

La medida del tiempo que no deja que se cierren las heridas

El Pozo Emilio del Valle, donde se produjo el accidente. RAMIRO

El Pozo Emilio del Valle, donde se produjo el accidente. RAMIRO

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El tiempo administrativo y judicial corre a un ritmo muy distinto al que reclaman las familias. También la sociedad leonesa, no sólo la de las cuencas. Las viudas, hijos, padres y hermanos exigen «que se haga justicia», aquella por la que luchan. Pero reclaman sobre todo agilidad para poder poner orden en un capítulo dramático de sus vidas que se reabre dolorosamente una y otra vez con cada trámite judicial.

Episodios que no entienden, como explican María Jesús Oliveira y Patricia Collazos, viudas de Carlos Pérez y José Antonio Blanco. «Todo esto se hace demasiado largo. Sólo estamos esperando que digan lo que ya saben. Queremos la verdad, y parece que está clara. No entendemos por qué se amplía la instrucción, ¿qué pueden aportar ahora nuevos informes periciales? Se han hecho una y otra vez en su momento, ahora ya no hay nada que investigar en la mina».

Las familias defienden que los problemas con el grisú en la mina de la Vasco eran de sobra conocidos, y la preocupación por sus consecuencias era tema de conversación incluso en los hogares de los trabajadores fallecidos. «Fue una negligencia, se sabía de sobra que cualquier día iba a pasar algo. Días antes ya hubo problemas...», insisten las viudas.

Las versiones sobre las dudas de seguridad en la mina han sido constantes desde entonces en la calle, pero ante el juzgado «quizá los testimonios han sido otros». Ante la juez han comparecido los directivos de la Vasco, y un buen número de responsables de seguridad y trabajadores de la explotación. «Entendemos que quizá necesitaron defender su empleo, pero ahora que cierra la mina quizá sería el momento de decir ante el juez lo que todo el mundo sabía», defienden.

Oliveira y Collazos se sienten en cierto modo traicionadas por algunos de los compañeros de sus maridos fallecidos. «Les olvidaron el mismo día que quedaron en el cementerio. Pero tiene que hacerse justicia. Y que se sepa que ellos no tienen la culpa de nada». La viuda de Carlos, el vigilante, lamenta haber tenido que escuchar comentarios sobre la responsabilidad de su marido. «Ellos ya no están para defenderse, pero estamos nosotras».

María Jesús tiene dos hijos hoy de 21 y 15 años. El mayor, que entonces acababa de cumplir 18 años, le dio la noticia del accidente en la mina al leerlo en Internet. Las hijas de Patricia tienen 18 y 6 años. Ella se enteró por la televisión. «Ni siquiera nos llamaron». Reconocen que se les hace muy duro hablar con sus hijos del accidente, pero también son ellos los que las empujan a seguir adelante. De seguir vivos, los dos mineros estarían hoy prejubilados.

Ninguna se ha sentido con fuerzas para seguir el juicio, y no piensan volver a pisar la mina donde hoy se rinde homenaje a los fallecidos, el lugar donde ellas conocieron que habían perdido a sus maridos. Lamentan el cierre de la empresa porque muchos compañeros se quedarán sin trabajo, pero reconocen que «desde aquel día la mina se acabó para nosotras. Es un punto y a parte».

Ahora sólo esperan el final de un proceso que se les antoja ya interminable, y que reabre una y otra vez una herida que tiene que ir cicatrizando. «Será un descanso para nosotros, y ellos podrán descansar también en paz».

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