Diario de León
Publicado por
RICARDO MAGAZ | Profesor de Fenomenología Criminal de la UNED
León

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Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo, cualquiera que sea el delito del que se le culpe. Miguel Ángel Muñoz Blas, acusado del asesinato de la peregrina estadounidense Denise Pikka Thiem, asiste al suyo en la Audiencia Provincial.

Ayer se negó a declarar con una mueca de autocomplacencia en el rostro. Es su derecho. La ley le permite decir verdad, maquillarla, mentir directamente o callar. Eligió guardar silencio quizá para no empeorar su situación.

Ocurre que a veces nos puede engañar nuestro propio juicio. Me refiero al criterio personal y emocional. Es justo reconocer los apriorismos que en ocasiones nos formamos en torno a un tema que hemos analizado previamente. Luego puede coincidir o no con la opinión del tribunal. Después de “oír el silencio” de Muñoz en el estrado de la Audiencia, sigo creyendo que, efectivamente, lo va a tener muy complicado para salir en libertad por su propio pie el día que concluya el juicio.

Cuando en septiembre de 2015 fue detenido por la policía, Muñoz confesó el crimen y firmó en conformidad el acta de la jueza de Astorga que instruyó el caso. Posteriormente guió a los agentes al monte donde había semisepultado a la peregrina. El homicida reconoció entonces que había abordado a la mujer en una senda rural cercana a su cabaña, situada en las inmediaciones del Camino de Santiago a su paso por la demarcación de Castrillo de los Polvazares. Después de golpearla salvajemente en la cabeza, la degolló “para que dejara de sufrir”, según consta en la declaración prestada en el juzgado, le cortó las manos, la desnudó, le sustrajo el dinero y la enterró y desenterró un par de veces.

Muñoz negó ayer sus explicaciones a los nueve miembros del jurado, rechazando testimoniar. Antes, su abogado reivindicó su inocencia y dijo que la policía se había equivocado con su defendido y que éste se inventó literalmente en comisaría y en el juzgado todos los hechos que le inculpaban. En ello le van 25 años de prisión, que es la pena que pide el fiscal y la acusación particular: 20 por asesinato y 5 más por robo con violencia. Así las cosas, el letrado de Muñoz Blas solicita la libre absolución y, subsidiariamente, si no prosperara el descargo de culpa, la eximente total o parcial por «grave enfermedad psiquiátrica que habría alterado -según el abogado- la percepción que el reo tiene de la realidad».

Los análisis de conducta de la personalidad realizados por la Unidad Central de Inteligencia Criminal de la Policía ponen de manifiesto que Miguel Ángel Muñoz Blas es un buscavidas malvado que se convirtió en depredador. En esta línea, y ya en el plano más teórico y por tanto subjetivo, si analizamos su modus operandi vemos que los indicios nos aproximan al hecho de que Muñoz actuaba como un cazador trampero que buscaba a sus potenciales víctimas acechando en el hábitat donde tenía la cabaña (su zona de seguridad), preparando emboscadas mediante la astucia y desviando las rutas de los peregrinos a Santiago. En ese universo de vida al margen de la sociedad, Muñoz Blas, ególatra y arrogante, pasaba de las normas de convivencia y se atenía únicamente a las suyas acaso por falta de socialización.

Veremos qué dicen los peritos a lo largo de la semana sobre el nivel de conciencia que Muñoz tenía del mal causado. Ante la jueza de Astorga confirmó que se arrepentía y que reconocía el horror de su acción criminal. Ayer con su silencio vino a negarlo todo. Hay 25 años en juego.

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