VALDESPINO VACA
Adiós a un «genio» llamado Nines
Nació en Valdespino Vaca hace 65 años, se llamaba Ángeles, aunque todos le conocíamos por Nines. Pertenecía a ese maravilloso grupo de personas que en los pueblos, no sé si de forma cariñosa o peyorativa llamábamos «infelices». S

En la foto, una imagen de la iglesia de Valdespino Vaca, pueblo natal de Nines
Eso sí, tenía una mirada limpia y sin maldad de las que es muy difícil encontrar hoy en día. La noticia de la muerte de Nines me llega por mis hermanas a través de su amiga Camino. Impresionado, retrocedo en el tiempo unos cuantos años y me viene a la mente la enorme dimensión humana de Nines, y lo difícil que resultaría a cualquiera de los que vivimos aquella etapa hablar de la historia de Valdespino sin mencionar alguna de sus aventuras, pues a pesar de que casi todos nosotros le hicimos «de rabiar» en alguna ocasión, era una persona muy querida en el pueblo, y el día que le llevaron a un centro de Santiago, lo recuerdo como uno de los más tristes de la historia de Valdespino, pues el pueblo sin Nines no era igual, y sobre todo sus fiestas en las que siempre fue el protagonista indiscutible. Su carácter era tranquilo y afable, pero ante la provocación y el insulto al que le sometíamos a menudo los chavales del pueblo, en ocasiones perdía el control de sus nervios, como le ocurriría a cualquiera de los mortales, y la situación degeneraba en una batalla campal, con lluvia de piedras por encima del puente en ambas direcciones, donde me imagino a los ángeles de la guarda respectivos haciendo horas extraordinarias para evitar que aquello terminara en una verdadera tragedia. A pesar de lo que para cualquiera pudiera suponer nuestra imperdonable forma de actuar, nunca he conocido persona menos rencorosa y con mayor capacidad de perdón que Nines, ya que con ofrecerle un cigarrillo se le olvidaban nuestras humillaciones. El alma de las fiestas Como decía, Nines era el alma de las fiestas, pues desde unos días antes daba varias «revoladas», (vueltas al pueblo), seguido por todos los «chiguitos», tocando con su «flauta» una y otra vez el estribillo de su canción favorita la Campanera para él la Ampanera. Su único vicio era el tabaco, fumaba de todo y lo pedía con la frase que llegó a ser famosa en el pueblo: «ahumar hostia, ahumar»; mojaba el papel con abundante saliva, aunque tengo que decir que la elegancia con la que cogía el cigarro entre sus dedos, para sí les gustaría tenerla a buena parte de los que se consideran elegantes en el arte de echar humo. Una de sus mayores ilusiones era tener una moto para poder ir a «Sahún»(Sahagún), como la «Guzzi» de «el saladito» o la «M.V.» de «el colorao», pescaderos a los que recuerdo con las cajas de sardinas y chicharros goteando en su portabultos. Regresando de nuevo al presente e intentando asimilar la noticia de la muerte de Nines, le imagino sin ninguna duda en el Cielo, dando conciertos en todos los pueblos celestes, para convertir la Ampanera en la Canción del Invierno allá por las alturas. Continuando en esta línea, veo a muchas personas siguiendo a Nines en todas sus actuaciones, entre las que seguro se encuentra su madre, la señora María, gritando ¡bravo! en primera fila, siempre con buen humor, y que si se conociera su vida plagada de todo tipo de desdichas, como fueron la temprana muerte de un hijo y de su marido, además de tener otro hijo «infeliz», estoy seguro que la iglesia la pasaría directamente a los altares. Tampoco faltará en ninguna de esas citas su vecino Valeria, al que en menor medida, también podríamos incluir en el grupo de «infelices», que aunque su relación con Nines pasó por muchos altibajos, en el fondo se querían. Le recuerdo con su traje muy usado, pero impecable, elegante, tieso como un pite, estirándose las mangas de la camisa hacia afuera, y simulando mirar la hora, aunque casi nunca llevaba reloj, y sobre todo dándole vueltas al tema que le obsesionó toda su vida: la «electricidad» y como podía venir por esos «hilos»; tal llegó a ser su obsesión, que un día le costó la vida. Queriendo comprobarlo por sí mismo, subiéndose a una torreta totalmente desprotegida y accesible a cualquier niño o «infeliz», y tocando los cables de alta tensión para intentar desvelar de una vez, qué era realmente eso tan fascinante llamado «luz». También veo en los conciertos de los pueblos del Cielo en fiestas a la señora Aurelia y a Pedro, dos personajes, al igual que Nines, imprescindibles en las fiestas de Valdespino. La señora Aurelia era de Gordaliza, el pueblo de al lado, siempre con su pañuelo negro en la cabeza, montaba su tenderete en la plaza, vendía todo tipo de golosinas de aquel tiempo. En cuanto a Pedro, al que también se podría considerar otro «infeliz», se situaba a la puerta de la antigua Casa de la Villa, lugar oficial de celebración del baile. Allí, abría su maleta de madera marrón repleta de pequeños juguetes de plástico, cigarros sueltos. También vendía petardos, pero lo que más ilusión nos hacía eran las «bombas», pequeños canutos enrollados en papel oscuro, atados con hilo que, a menudo, a poco que se descuidara el pobre Pedro, los mozos mayores tiraban contra su maleta. Tampoco la historia de Valdespino en aquella época se entendería sin hablar de «Donangel», cura del pueblo durante casi treinta años y del que muy pocos sabíamos que se llamaba Angel, por estar acostumbrados desde niños a decir su nombre de carrerilla unido al «Don»; era el personaje más admirado por Nines, hasta el punto de imitarle casi a la perfección todos los movimientos y gestos que realizaba en la celebración de los actos religiosos. Le gustaba comer bien, siendo su alimento preferido el lechazo y su bebida el agua caliente del pote que mantenía en invierno y verano al fuego de la chimenea, y cuya recomendación de los efectos beneficiosos que producía para la salud, trataba de difundir a través del médico del pueblo, Don Florencio. Volviendo a nuestro protagonista principal, las imitaciones que Nines hacía de «Donangel» eran casi perfectas, pues la misa la oficiaba con todo lujo de detalles, aunque su representación estrella era el ceremonial de los entierros, al que se podía considerar un calco del original de «Donangel». Tenía su cementerio particular en una «zarcera» (pozo) de la bodega del señor Vicente. Con un estandarte de fabricación propia, iniciaba el cortejo desde su casa por el camino de Sahagún, subía por la cuesta de Galleguillos hasta el «santo lugar» donde despedía al animal muerto, y antes de proceder a su enterramiento le obsequiaba con un buen repertorio de responsos en latín al más puro estilo «Donangel», y que casi todos comenzaban con la frase medio cantada que decía algo así como «Memento mei Deu ....» Avanzando unos años y coincidiendo con el «exilio» de Nines en Santiago, fui a verle las tres o cuatro veces que pasé por esa ciudad. Al poco tiempo de mi última visita, me enteré que un incendio había destruido parte del hospital psiquiátrico de Santiago, y a consecuencia de ello, habían trasladado a Nines a un centro de Palencia. En este lugar vi a Nines por última vez, tenía gran interés en que le conociera Tere, mi mujer. Pedimos permiso para sacarle a dar una vuelta por Palencia y estuvimos con él unas cuantas horas. Durante el tiempo que permaneció con nosotros, no logramos arrancarle más que algunas palabras; pero cuando de verdad me di cuenta de que no era «nuestro Nines», fue al ofrecerle un cigarrillo y decirnos que no fumaba. Ya por la tarde nos despedimos de él con un abrazo, y en ese momento algo me decía que sería nuestro último encuentro, como desgraciadamente así fue. Mil y una historias No tengo ninguna duda de que si existe el Dios que yo creo, simpático y bonachón, en sus ratos libres, tendrá a Nines sentado a su lado, escuchándole contar las mil y una historias de Valdespino, a la vez que le intentará sonsacar la fecha de su cumpleaños para darle la más maravillosa de las sorpresas, regalándole esa moto con la que siempre soñó. En lo referente al campo «profesional», en el Boletín Oficial del Cielo y por «Altísimo Decreto», aparecerá el nombramiento, con carácter de urgencia, de Nines como «Encargado-responsable» de todos los actos religiosos que se celebren en el Cielo, a la vez que cesarán en sus cargos, por monótonos y aburridos, todos los que venían desempeñándolos, y que han convertido estas ceremonias en las de menor audiencia de todos los cielos conocidos. Y por último, en el terreno musical, tengo la seguridad de que, con el poder de persuasión de Nines, ese Dios dejará casi sin darse cuenta de escuchar canto gregoriano, y poco a poco su canción preferida será la Ampanera.