Diario de León

Álvaro Álvarez, presidente de los criadores de merino: «Nuestro plan de mejora de la lana merina cuenta con varios ganaderos leoneses»

La Asociación Nacional de Criadores de Ganado Merino cumple 50 años con un leonés al frente. Álvaro Álvarez Redondo, con un rebaño de merinas negras, repasa logros y retos y reivindica el valor cultural, ambiental y territorial de la trashumancia como Patrimonio de la Humanidad.

Álvaro Álvarez Redondo, con sus mastines y merinas negras.

Álvaro Álvarez Redondo, con sus mastines y merinas negras.RAMIRO

Ana Gaitero
León

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—¿Qué balance hace de los 50 años de la asociación?

—La Asociación Nacional de Criadores de Ganado Merino ha redefinido el papel de la raza Merina en España y en el mercado internacional. En 1981 abre el Libro Genealógico, herramienta clave para conservar la pureza racial y estructurar la mejora genética; en 2013 impulsa el sello 100% Raza Autóctona Merina en 2013, para diferenciar comercialmente sus productos. Se ha reactivado la línea lanera con el primer Catálogo de Sementales para aptitud lanera y la obtención de la certificación internacional RWS (Responsible Wool Standard), siendo la primera lana merina de Europa certificada. Nuestros retos son mantener el legado histórico y genético, consolidar el trabajo realizado y acelerar la modernización del sector Merino.

—Tras los incendios, ¿se ha revalorizado el papel actual de la trashumancia?

—La trashumancia forma parte de nuestra identidad ganadera y es una herramienta eficaz para conservar el territorio, mantener los ecosistemas y prevenir los incendios. Afortunadamente, esta vez sí parece que se está tomando nota. El Plan Estratégico de la Ganadería Extensiva, en el que nos han pedido participar, reconoce que este sistema aporta mucho más que alimentos: gestiona combustible vegetal, mantiene abiertos los paisajes, favorece los corredores ecológicos y preserva ecosistemas únicos. Además, es fundamental destacar el papel del pastoreo con ovejas, que actúan como verdaderos «escuadrones» guiados por el conocimiento del pastor, que está con ellas las 24 horas del día. Las ovejas consumen de forma natural pastos, matorral y especies vegetales que otras especies ganaderas no aprovechan, y lo hacen sin causar erosión ni compactación del suelo, algo esencial en zonas sensibles. El pastoreo genera espacios de secuestro de carbono, mejora la estructura del terreno y reduce la carga de combustible vegetal sin dañar el ecosistema. Los incendios han sido un recordatorio duro, pero también han servido para que muchos tomen conciencia de que sin la ganadería extensiva, y especialmente sin el pastoreo tradicional de ovejas, nuestros montes son más vulnerables. El reto es que esta reflexión se traduzca en medidas reales y sostenidas en el tiempo.

—Por primera vez, un leonés preside la asociación. ¿Cómo se ha encajado?

—Mi llegada al cargo se produjo con un apoyo absolutamente mayoritario. La junta directiva fue avalada por más del 80 % de los ganaderos de la asociación y revalidada por unanimidad en la Asamblea General Extraordinaria. Ese respaldo demuestra que, más allá del origen está el compromiso con la raza Merina y la capacidad de trabajo. Además, en Extremadura —donde se concentra el mayor censo de la raza merina y número de grandes explotaciones— los ganaderos del norte, los «serranos», siempre hemos tenido una muy buena imagen. Se reconoce y se valora la labor que realizamos en León y en otras zonas de montaña, donde el Merino mantiene un vínculo histórico y un sistema de manejo especialmente exigente. Ese respeto ha facilitado enormemente mi integración. Es un honor presidir esta asociación y mi elección evidencia la estrecha interconexión entre Extremadura y Castilla y León, dos territorios que comparten tradición, trashumancia y un compromiso profundo con la raza Merina.

—¿Cómo va el proyecto de selección genética para mejorar la lana merina?

—Avanza con paso firme. 2025 ha sido el primer año de muestreo completo. Hemos medido todos los machos —actuales y futuros sementales— que cumplen con los parámetros mínimos que exige la industria textil. El Ifapa de Hinojosa del Duque y el genetista Antonio Molina, en la Universidad de Córdoba, procesan estos datos y nos devuelven la información a nuestra base de datos. El objetivo es muestrear todos los machos a lo largo de toda su vida productiva, para estudiar cómo evoluciona la lana en función de las condiciones ambientales y comprender mejor la transmisión genética de los caracteres laneros. A medio plazo —en torno al cuarto año de trabajo— esperamos poder identificar marcadores genéticos específicos que aceleren enormemente el progreso del programa de selección.

—¿Participa León?

—Sí, de forma muy destacada. Forman parte del proyecto las ganaderías Fial (Violeta y Gregorio), Leandro Flórez Laiz, José Miguel Díez, Aranzazú Pérez, Canto Vilches (Enma y Candi), Pastoreo del Norte (Ángela y Dani) y Agropecuaria Vegalvarez. Su implicación demuestra el compromiso de los ganaderos leoneses con una lana de calidad, ética y con proyección internacional.

—¿Hay salida para la lana almacenada años atrás?

—La situación ha sido complicada en los últimos años y gran parte de la producción quedó almacenada sin salida, especialmente tras la pandemia con la caída de los mercados internacionales. El escenario está cambiando. Acabamos de conseguir la certificación RWS que nos abre nuevas puertas a nivel internacional y garantiza bienestar animal, producción responsable y trazabilidad. La RWS es muy valorada por las marcas textiles que buscan materias primas éticas y sostenibles y ya se interesan empresas que antes no trabajaban con lana española. Además, este año hemos contribuido de manera muy activa, con el Ayuntamiento de Paredes de Nava, a crear la Mesa Nacional de la Lana, con la que participamos en la Comisión Europea (DG AGRI) del Grupo Focal de Lana. Avanzamos en la buena dirección y ya hay señales claras de recuperación, coordinación y mayor interés por la lana merina española.

—¿Es viable recuperar la trashumancia por esas históricas vías pecuarias que promocionan como recurso turístico?

—Es difícil pero es necesario. Falta adaptación, recuperación y reconexión de tramos perdidos por el abandono o la ocupación de partes de las cañadas. Ayudaría a la fijación de población en el medio rural, a impulsar la economía y mantener vivo el territorio. Las cañadas son auténticos corredores de biodiversidad, espacios de interconexión de ecosistemas y parte de nuestra identidad ganadera. Si las administraciones ponen empeño en mejorar las infraestructuras de las cañadas y vías pecuarias, facilitará que los ganaderos puedan retomar esta tradición milenaria y podrán utilizarse para actividades lúdicas, turísticas y educativas, porque las vías pecuarias son de todos y deben ser disfrutadas y preservadas como un patrimonio común. El programa «Caminos de la Merina», en colaboración con la empresa turística Descubrir y La Nave Va, es uno de nuestros proyectos más ilusionantes, unido de forma colaborativa al proyecto «Caminos Trashumantes» para acercar la trashumancia al público y convertirla en una nueva vía de transmisión de lo que fue —y de lo que ha representado para nuestro país— esta práctica milenaria.

—Usted viene de la hostelería y doma de caballos. ¿Cómo engancharía a las nuevas generaciones a este oficio?

—El oficio de pastor siempre ha sido duro. Pero con buena planificación, organización y más colaboración entre compañeros —algo que hoy está un poco olvidado— es posible restar mucha de esa dureza y convertirlo en un trabajo más llevadero y eficiente. El pastor de hoy no tiene por qué vivir como el de hace cincuenta años. Desde mi punto de vista, trabajar en la naturaleza, en un entorno vivo y dinámico, y hacerlo además conectados al mundo gracias a las telecomunicaciones, permite combinar la libertad del campo con las ventajas de la vida moderna. No tiene el estrés de otros sectores y sabes que cada día mejoras el territorio, cuidas el paisaje y generas biodiversidad. Sinceramente, es profundamente gratificante. Ser médico, abogado o ingeniero es fundamental para ayudar a muchas personas. Pero también debemos poner en valor que trabajar en el campo genera un entorno más sano, produce alimentos y prendas éticas, respetuosas con el medio ambiente y saludables para las personas.

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