Colín, un sombrero, una moto y un corazón

No importa si estuvo en La Crónica de León, en El País, en ABC, en AS, en Cinco Días, en RTVCYL. Tampoco que escribiera el libro con el que Diario de León conmemoraba su centenario. Sólo importa que debajo de un sombrero por León, encima de una moto por las carreteras de la montaña oriental leonesa o tomando un vino por cualquier barrio de Madrid había un tipo enorme, un señor que siempre tenía una sonrisa dibujando el rostro y dispuesto a conversar sobre cómo el periodismo ha escrito la historia de España, pero sobre todo la de León.
León siempre en el espacio que se abre entre una cabeza pelada, eterna, y el forro del sombrero. Otra vez el sombrero. Ese era Ángel García Colín.
No tuve fuerzas entonces, cuando decidió marcharse, para escribir sobre Juan Francisco Corcuera. No las tuve, cuando la muerte decidió por él, para hacerlo sobre Juan Carlos Franco. Tampoco para despedir a Cachafeiro, cuando una mañana tonta se lo llevó sentado sobre un banco a las puertas de la delegación de Diario de León en El Bierzo. No tuve fuerzas para hacerlo tantas veces y con tantas personas que, hoy, estoy obligado a mirar al cielo buscando esa fuerza y juntar unas letras con las que mezclar las lágrimas que ya derramé y derramaré cada vez que recuerde que el periodismo se hace con la pasión que ellos tenían y no con un algoritmo.
La fuerza que da la sonrisa de Gelo, de ese impulso que daba cuando decía que Diario de León es la voz y la coz de la vida de un León que respira con la misma dificultad con la que lo hacen los propios leoneses; del “te equivocas amo”, con el que me recibía Corcu una mañana sí y otra no; del hombretón de corazón abierto de un tipo del Bierzo que hacía honor a su apellido, Franco; o la que daba un whastapp de ese peculiar hombre que nunca necesitó de una cacha para apoyar su caminar y su hacer, aunque la llevara por apellido.
En fin, que me perdonen por no tener fuerzas. O por no tener tiempo. El que me faltó para despedir a Norberto Cabezas. O el que me falta ahora, a mata caballo, para recordar a muchos de los que he aprendido y que ya no están. El último Gelo, Ángel García Colín; el penúltimo José María Ayala, Ayalita, un chaval que no sabía jugar al tenis. Pero jugamos. Lo hicimos y hablamos de fútbol y de que la pelota era más economía que pelota.
A Ángel García Colín, León le debe muchas cosas, la más importante es que se preocupara por su tierra desde fuera como no lo han hecho muchos desde dentro. León le debe las visitas de esa serpiente multicolor que es la Vuelta Ciclista a España que ha hecho y hará que las carreteras nos lleven a los que estamos y a los que vienen a ver lo que él veía agarrado al manillar de su moto. Otra vez la moto.
A Ángel García Colín, León le debe que nunca se olvidara de que la raíz de cada uno de nosotros está allá donde los pies se juntan con el corazón. Los pies en la tierra y el corazón repartido con los que están al lado. Otra vez el corazón, bombeando amor a León.
Sigo sin fuerzas para intentar recordar a quienes desde tan cerca se me fueron tan lejos. Corcu, el mejor periodista que he conocido en Castilla y León. Juan Carlos Franco, un tipo sensato cuando la sensatez se había ido por las cloacas de las redes sociales. Cachafeiro, el chico de La Robla que tantas veces me dijo: “habría que mirar esto” y del que guardo una foto de cuando los dos teníamos el pelo negro y el Diario de León tenía unas columnas que pintadas con flores disimulaban una fortaleza hecha para sujetar su enorme credibilidad. La misma que nos sujeta hoy por encima de mucho artículo escrito y publicado y por debajo de ninguna idea censurada de ninguno de los magníficos periodistas que Angel García Colín también admiraba y lo decía.
Insisto. León le debe mucho a Colín. Pero yo también. Se lo debo a él. A Gelo. A Corcu, a Franco, a Cacha.
Cuando la vida te dice que se quiere despedir, puedes responder de una forma o de otra. En ese instante, Colín eligió darnos a Diario de León una exclusiva: Juan Carlos Álvarez, su gran amigo y uno de los hijos de otro ilustre leonés, había muerto. Al mismo tiempo que eligió darnos la noticia, Ángel García Colín se asomó al precipicio, apoyado en Montse y en Guillermo, y pidió permiso para elegir que su amigo no llegara solo a dónde hubiera que ir. El beso que ellos le dieron es el que les doy yo a ellos, consciente de que no es ni parecido por mucho que lo intente.
Adiós, periodista. Adiós, periodistas. Adiós Gelo, Corcu, Franco, Cacha.
Hoy he tenido fuerzas. Mañana ya no lo sé.