La calle Escultor Amaya recuerda a un afamado artista local
Formas y volúmenes en el arte

La calle Escultor Amaya se encuentra en el casco urbano de Astorga
Dentro del hermoso decorado que presenta la ciudad de Astorga, un lugar levantado con pasión a lo largo de un proceso de siglos, hoy nos acercamos a la calle que homenajea a Marino Amaya, el gran escultor local. Es una vía de tamaño intermedio, cuyo trayecto parte de la confluencia entre Puerta Obispo con la calle Obispo Grau, finalizando en la arteria que recuerda el entretenimiento medieval bautizado como Juego de Cañas. Sin tener la raigambre histórica de otras plazas y recovecos de la ciudad, impregnados de esas esencias romanas que suponen el mejor sello de identidad astorgano, la calle que lleva en su rótulo el nombre de Escultor Amaya es una vía tranquila y apacible, conformada por viviendas modernas y de mediana altura. Presenta, en definitiva, una estampa cotidiana y de plácido discurrir que resulta de lo más gratificante para el vecindario. Escribió el gran Oscar Wilde que «el arte es la forma más intensa del individualismo que el mundo ha conocido», inteligente reflexión que puede aplicarse con toda propiedad al maestro Marino Amaya, nacido en Astorga el año 1929. Sus enormes dotes para la creación plástica salieron a la luz en plena adolescencia, pues en 1945 fue pensionado para estudiar escultura en Salamanca. Y con menos de 20 años recibía una beca que le permitió ampliar su formación en Madrid. Marino Amaya emprendería en 1949 una especie de vuelta al mundo para impregnarse de la estética y los saberes de otros pueblos, recorriendo Francia, Italia, Austria, Holanda, Dinamarca, Noruega, Suecia, Alemania y Grecia. Sus inquietudes personales no quedarían limitadas a la vieja Europa, ya que también estuvo en Egipto y Palestina. El cambio de aires sentaría de maravilla a Marino Amaya pues, de regreso a España, el año 1950, obtuvo la medalla de plata en la Exposición Nacional. A partir de entonces, su carrera se vería jalonada por una serie de galardones y reconocimientos públicos. En 1951 ganaba una medalla en el Salón de Otoño, de Madrid, mientras que la Embajada del Perú adquirió buena parte de su obra. El año siguiente consiguió la medalla de oro y el premio extraordinario en la Exposición Nacional, realizando acto seguido un largo viaje por América.