Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

El día después...

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ME RECOMENDÓ el médico de familia que me tomara algunos días de reposo hasta tranquilizarme por ver si de este modo recuperaba mi capacidad de entendimiento. Porque el fenómeno producido por las elecciones para ocupar los escaños, los estrados y hasta las taburetes han sido de tal naturaleza y hasta si se quiere tan difícilmente previsibles que cuando se produjeron la mayor parte de la población civil, eclesiástica y militar se quedó como la mujer de Lot, de pura sal. Y no es porque, como a muchos quizá, los eventos que acontecieran en la rúa me parecieran inconcebibles, que, como muy bien se sabe, el leonés y por tanto el español, está tan curado de espantos que ninguna forma de catástrofes puede alterarle. Ni es porque por otra parte o por la misma de siempre, los resultados obtenidos en el trance electoral nos perecieran inconcebibles, inauditos, obscenos y antidemocrático, sino quizá por todo lo contrario: porque tal como se entiende y se practican los ceremoniales democráticos entre nosotros, el escándalo se convierte en un acto natural. Y surgen a la superficie los manipuladores, los elaboradores, los seleccionadores y después de comprobados los fallos nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Todos, los unos, los otros y los de más allá. El barullo emanado de las elecciones ha sido de tan intensidad y naturaleza que hasta los propios creadores de la invención se han sentido traicionados. Sin querer entender que, o se modifican las reglas electorales o el comportamiento lógico de quienes juegan a la política sin mover los peones que estorban será el de quebrar toda norma ética, estética y política. Desde Cánovas, Maura, La Cierva, Romanones y Franco ha sido así y cuantos ocupan los puestos que aquellos dejaron libres, siguen su ejemplo. Uno de los brujos de las elecciones leonesas, dijo en uno de sus arrebatos: «Tenemos los leoneses los que nos merecemos». Y cuando él lo dice, no cabe sino aceptarlo. Con tristeza, pero sin romperse las vestiduras. Somos como somos y no va a cambiarnos ni Francisco Fernández, victorioso campeón en la conquista de la Casa de la Moneda, ni don Mario Amilivia, leonés morido por la su tierra que se ve obligado a tirar de la cadena. Todo ha salido no como el pueblo -al cual no se le consultó previamente- hubiera deseado y como apuntó con sus votos, sino de acuerdo con los intereses de los bandos contratantes. En este día de después del acto, no cabe otra actitud que le del enfermo diagnosticado de grave al que una oportuna aspirina consigue espantar sus dolores. Y todos debemos entender todo este barullo, tan contradictorios, tan incoherente, tan de subnormales que parece haber presidido la función, como un mal pasajero que encontrará alivio o no lo encontrará con el tiempo y el comportamiento de quienes se han levantado con el santo y la limosna. Repasar las líneas geográfico-políticas derivadas de esta última confrontación electoral puede conducirnos a la locura, porque no es nada fácil entender cómo un partido puede pactar con otro al cual condena en un encuentro político. Aquí ya no sabemos quien es de derechas, ni quien es de dentro, ni por supuesto donde se puede encontrar la izquierda. Aquí, en virtud del pacto, de la conveniencia, del interés de grupo o de secta todos somos unos o el bailarín y el trabajador que decía Benavente. Por arrebatar espacios del centro, los de la derecha proclaman su condición de centristas, mientras que el socialismo, más o menos militante, pero moderno, se obstina el olvidar sus orígenes por aparecer a los ojos de la burguesía como gente de orden. ¿Y los independientes? ¡Queda prohibido ser independiente! Que cada uno sea según digan las chicas del tiempo.

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