Diario de León

| Callejero | Calle de los Alfareros |

Un oficio en la memoria del pueblo

La mayor parte de los solares de esta vía no se han edificado aún

La mayor parte de los solares de esta vía no se han edificado aún

Publicado por
Javier Tomé - la bañeza
León

Creado:

Actualizado:

La aparente insignificancia social y urbana que presenta, así a primera vista, la calle protagonista del día, queda enriquecida si atendemos a su rótulo. Pues la denominación de Alfareros nos lleva al recuerdo de los vetustos gremios y asociaciones de artesanos que procuraron prosperidad e incluso dieron forma a las ciudades medievales de nuestro entorno. Una capital como La Bañeza del presente se abre a los ojos del espectador como un mosaico o puzzle compuesto por infinidad de piezas complementarias, algunas distinguidas por la raigambre que muestran sus venerables y bellas piedra. Y otras, como es el caso que nos ocupa, ennoblecidas por la patina que luce su placa, alusiva a instituciones o personajes decisivos en la pequeña y cotidiana historia de la ciudad. De vuelta a la actualidad, la calle Alfareros arranca en la arteria que homenajea al maestro Odón Alonso, para concluir en los prados que dan verde y bucólica escolta a la transitada carretera entre Madrid y La Coruña. Su futuro aún está por definir, aunque el título que la acompaña nos hace retroceder a la siempre gratificante moviola del recuerdo. Seguro que algunos de nuestros lectores más versados en la historia local recuerdan que la hoy llamada plaza del Obispo Alcolea, así bautizada desde el 24 de febrero de 1913, ha sido conocida por el imaginario popular de muy distintas formas. Así, nos viene a la mente el nombre de plaza de la Cruz Dorada, por existir en este lugar una cruz que era efectivamente dorada, y el de plaza de las Escuelas, ya que aquí mismo se abrió el colegio público de la villa allá por el año de 1884. Pero mucho tiempo atrás, concretamente en escrituras de los siglos XVI y XVII que han sido localizadas por el siempre bien informado padre Albano, la plaza se titulaba de los Cereales por ser el punto de venta del trigo, pan y otros cereales. Y lo que más nos interesa, también se conocía como plaza de los Cacharros, pues durante los días de mercado ofrecían sus elaborados productos los alfareros llegados desde Jiménez de Jamuz y los afincados en el bañezano barrio de Olleros, especialistas en la artística confección de pucheros, ollas, queseras y cazuelas. Aunque no siempre sus fabricados se empleaban en temas relacionados con los fogones. Según las ordenanzas municipales de 1900, se obligaba a cada casa de esta villa a tener unas «vasijas herméticamente cerradas», para sacar a la calle las aguas sucias producidas cada noche e n los respectivos domicilios. Con el fin de evitar espectáculos un tanto indecorosos, el horario se limitaba desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente. Para remontarnos a la aparición de los primeros recipientes que se fueron incorporando paulatinamente al ajuar doméstico, debemos viajar con la imaginación hasta siete u ocho mil años atrás, cuando en el valle del Nilo surgieron unas primitivas manufacturas hechas con espinas de pescado, huesos y punzones. Y ya desde sus inicios, en palabras del etnógrafo y buen amigo Joaquín Alonso, el valor de la cerámica no se limitó a su utilidad casera, sino también a la consideración como objeto ornado, litúrgico y votivo. La cerámica de la zona Refiriéndonos al solar leonés, distintas excavaciones realizadas a lo largo de los tiempos han sacado a la luz múltiples restos de cerámica medieval. En el famoso Catastro de Ensenada se hace una relación de los oficios de la época y sus respectivos salarios, por lo que conocemos que un maestro alfarero de 1752 ganaba hasta 4 reales diarios, Y según Pascual Madoz, en 1845 existía una importante alfarería en La Bañeza y otras muchas en Jiménez de Jamuz. Con relación al proceso de elaboración, los antiguos alfareros solían hacerse con la arcilla en las fincas del contorno y luego se extendía en tendales para secarse y orearse. Posteriormente se obtenía la pella necesaria para hacer el cacharro, que se colocaba sobre la cabeza del torno. Una vez puesto el eje de la máquina en movimiento, gracias a un pedal accionado con los pies, el artesano estiraba y diseñaba la pieza con sus manos hábiles y húmedas, colocando las asas por separado. Y tras decorar con artísticos retoques el cacharro, se introducía en el horno como remate final del que saldría la valiosa cerámica que siempre ha sido motivo de orgullo para un gremio, el de los entrañables alfareros, que homenajea esta vía.

tracking