Memoria de la arriería leonesa
El fenómeno social arriero de esta singular tierra de la maragatería ha sido estudiado, novelado, poetizado e idealizado por legiones de escritores y mentores de lujo

Una expresiva escultura del Arriero despidiéndose de su mujer
León fue tierra de arrieros. Ya en el siglo X, la autoridad histórica del maestro Sánchez Albornoz, sitúa en su delicioso libro Estampas de la Vida en León hace mil años , un grupo de arrieros montañeses de la vieja y ensolerada Comunidad de Los Argüellos, traficando en el mercado leonés mediante el trueque de productos de la tierra por unos «cueros de vino», pimentón, sal y aceite. La arriería argollana tuvo una enorme importancia durante más de un milenio. Las comunicaciones con los fronterizos asturianos y su identificación con los «vaqueiros de alzada» hermanaron desde siempre ambos pueblos, hasta conseguir que aquellas fronteras fuesen una pura imposición de la abrupta naturaleza, nunca un obstáculo para el entendimiento y la relación entre las gentes. Pero León tiene a gala ser la cuna de la Arriería Andante (con mayúscula) desde su tierra maragata. Bien es verdad que el fenómeno arriero de esta singular tierra de maragatería ha sido estudiado, novelado, poetizado e idealizado por legiones de escritores y mentores de lujo. Entre todos han logrado elevar el rango de una circunstancia implacablemente impuesta por una tierra yerma, a la categoría de un ejercicio vocacional. Estas dos corrientes de la rudimentaria mercadería arrieril pasaban por León con sus recuas de caballos y mulas para aprovechar el mercado semanal y revisar el hueco de sus alforjas al objeto de no perder la mínima posibilidad de compra-venta-trueque en los habituales trasiegos de ida y vuelta. León en el siglo XIX Nuestra ciudad contaba a mediados del siglo XIX con unos siete mil habitantes, que vivían en su mayoría del trabajo artesanal y agrícola. El sector que podemos llamar de «servicios» no pasaba del cinco por ciento de la población activa. Encuadrando entre ellos a mesoneros y venteros. El auge de la arriería, durante el siglo XVIII, hizo proliferar en León el número de mesones. A los que ya existían -muy bien descritos por la Pícara Justina en su viaje a León en 1605- se fueron sumando otros situados a extramuros de la ciudad, no lejos de las viejas puertas medievales. Nuestros abuelos -o bisabuelos, según la edad de cada uno- llegaron a conocer aún tres de los mesones más caracterizados entre las gentes de paso: el del «Pico», el del «Gallo» y el del «Ángel». Este último todavía existe, con otra función en la calle del Caño Badillo. Quizá el más popular de todos ellos, era el del «Pico». Su peculiar forma aguda, disparada hacia la Plaza de Santo Domingo, era el pórtico que rasgaba las que hoy son populosas calles de Ramón y Cajal y Padre Isla. La inmediata proximidad del «Rastro Viejo» y ferial de ganados contribuyó, hasta el año 1917, -fecha en que su solar sirvió de base al Instituto «Padre Isla»- a mantener una ocupación rentable que podía, a su vez , ofrecer unos servicios dignos. Más tarde sucumbió en la nueva c onfiguración de la Plaza, herido ya por la desaparición de la arriería y los feriantes aledaños. Su solar fue ocupado por el primer «rascacielos» que en León se construía: la Casa de «Goyo», edificio que dejó a nuestros mayores «con la boca abierta» al contemplar por primera vez en la ciudad aquel artilugio llamado ascensor. Caminos de hierro La arriería había muerto. Los Caminos de Hierro, con los nuevos caballos de vapor surcando el carrilaje nacional, se encargaron de enterrar una profesión que durante siglos y siglos había llenado el vacío del transporte ligero y el intercambio de productos interiores por tierra. Nuestra provincia cuenta con verdaderos monumentos al buen gusto y quehacer de las gentes arrieras. Sus casas son toda una lección de economía, distribución y amplitud de servicios. Su ajuar, en ocasiones, bien puede competir con más de una exposición de Cultura Popular y tipismo de la tierra. Castrillo de los Polvazares, Santiagomillas, Santa Colomba de Somoza, Val de San Lorenzo, son hitos arrieros que atestiguan cumplidamente este comentario.