Páginas de gloria en la historia local
La resistencia astorgana a la formidable maquinaria militar francesa durante la Guerra de la Independencia se prolongó un mes, hasta la rendición del general Santocildes
Durante dos semanas hemos ocupado esta sección aureolada por el oro viejo de la memoria en repasar los avatares urbanos e históricos de la calle dedicada al Corregidor Costilla, aquel patriota cuyo nombre, junto a los del húsar Tiburcio o el general don José María Santocildes, ocupa un lugar de privilegio en el selecto panteón de los héroes locales. La céntrica arteria que discurre entre las plazas de Modesto Lafuente y Calvo Sotelo, cobija en su inicio uno de los múltiples hallazgos fechados en época romana que salpican el subsuelo de la ciudad. Y más adelante, la Casita de San José, dependiente de Cáritas Diocesana, es un referente de solidaridad y acogida para el colectivo de desarraigados que llegan a Astorga sin dinero, comida ni techo donde cobijarse. En el mes de marzo de 1909 nuestro Ayuntamiento tomaba el acuerdo de «colocar una lápida conmemorativa en la casa donde nació el Corregidor Costilla, y dar a la calle o plaza en que la casa está situada el nombre del insigne patriota astorgano». Y aún reluce en su rótulo, como homenaje popular a un personaje que eternizó la indesmayable decisión maragata de luchar por la independencia de la nación frente a los desmanes usurpadores de las tropas galas de Napoleón Bonaparte. Tras una primera ocupación francesa, desde el 31 de diciembre de 1808 hasta el mes de julio de 1809, los invasores se plantaron de nuevo ante las murallas astorganas en marzo de 1810, dispuestos a establecer un sitio que acabara por rendir y someter a la arisca ciudad. Los combates se sucedían día y noche con grandes bajas por ambos bandos, como prueba el calamitoso estado que presentaba la capital maragata al término de la Guerra de la Independencia contra los franceses. A consecuencia de los tremendos enfrentamientos militares fueron volados los arcos de Puerta Obispo y de Hierro, además del gran cubo mirador que formaba el ángulo junto al hospital de las Cinco Llagas, hacia San Andrés. Saqueo del palacio Las tropas bonapartistas saquearon el palacio de los marqueses de Astorga, e igualmente serían demolidos del arrabal de Rectivía y la iglesia de Santa Colomba. Durante el mes de abril de aquel 1810 tuvo lugar en los salones del Consistorio una memorable sesión municipal, con el eco de los disparos y cañonazos retumbando en el viejo Ayuntamiento. Fue entonces cuando tomó la palabra el Corregidor Costilla, pronunciando una alocución que representó todo un himno de fanático amor a la patria. Como remate a su intervención, dijo la memorable frase que ha llegado hasta nosotros a través de los corredores de la memoria más íntima y sentida: «Antes que rendir la plaza, muramos como numantinos». La resistencia astorgana a la formidable maquinaria militar francesa se prolongaría durante un mes, hasta que el general Santocildes tuvo que capitular ante el general Junot. Pero la epopeya del sitio a la ciudad ha quedado grabada en los anales históricos hispanos, a la altura de las odiseas vividas por entonces en capitales como Gerona o la martirizada Zaragoza. El sacrificio de aquellos valientes no resultaría vano, pues en nuestro país comenzó el declive del genial corso Bonaparte. En 1910, con motivo de cumplirse el primer centenario de los Sitios, se organizaron en la ciudad una serie de actos y celebraciones para conmemorar la hazaña llevada a cabo por nuestros antepasados. El ministro de Gobernación, el leonés Fernando Merino, escribió para la ocasión un hermoso discurso que finalizaba con estas palabras: «Yo felicito a Astorga por su noble y patriótica iniciativa, considerando como grandísima honra para mí, el hacer público mi más sincero testimonio de admiración y de afecto por sus nobles hijos, tanto por la memoria de aquellos que en las épicas jornadas de 1810 sacrificaron su vida por la independencia de la Patria, como por los que ahora, honrándose a sí mismos, premian aquella constancia y aquel heroísmo con las manifestaciones de su amor y de su eterna remembranza». Acabaremos con los elogios dedicados por entonces a nuestro protagonista: «El considerar la grandeza de temple y la extraordinaria superioridad de espíritu de un ciudadano, nos lleva a la admiración y al entusiasmo, que es el concepto de su gloria en cuanto le inmortalizamos al perpetuar su nombre; demos hoy loor sin reserva y gloria sin tasa al heroico Corregidor Costilla, que bien la merece, quien supo dársela a su Patria». Y es que los pueblos que saben rendir homenaje a sus mejores hombres, siempre serán dignos de aplauso.