Un ejemplo de curiosidad científica

El cronista oficial de Astorga recibió el último adiós de su ciudad natal en un emotivo acto que reunió a relevantes nombres de todos los ámbitos de la sociedad del país

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Javier Tomé - astorga
León

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Durante las pasadas semanas hemos recorrido tanto la calle que lleva su nombre y que antes se llamó travesía del Ángel, cuyo corto trayecto se dibuja entre la calle de La Bañeza y la carismática plaza de San Julián, como la peripecia personal e intelectual de don Luis Alonso Luengo, escritor, magistrado, cronista y, sobre todo, gran enamorado de su Astorga natal. Nacido en la capital maragata en 1907, su temprana vocación literaria, compartida con inolvidables amigos como Leopoldo Panero y Ricardo Gullón, le llevaría a fundar con apenas 18 años la revista literaria La Saeta . Después llegaría una publicación bautizada como Humo y el primer libro de poemas Estampas y Madrigales , preámbulo de la Guía artística y sentimental de Astorga , primer folleto turístico realizado sobre nuestra ciudad allá por el año de 1929. A todo esto, don Luis estudió el bachillerato en los Agustinos de León y más tarde Derecho en Valladolid, ejerciendo como juez de primera instancia en Benavente y después como magistrado del Tribunal Supremo en Madrid, estando considerado la máxima autoridad del país en legislación laboral. Afincado a causa de su carrera en la capital de España aunque asiduo visitante de su patria chica, Alonso Luengo desarrolló una monumental labor investigadora con la que conseguiría merecida fama de auténtico hombre del Renacimiento, publicando monografías sobre el pueblo maragato, santo Toribio o el muy leonés caballero Suero de Quiñones. Galardonado con la medalla provincial como reconocimiento a su exhaustiva y documentada obra, don Luis Alonso Luengo, que por entonces era presidente de la Casa de León en Madrid, fue designado a finales del mes de diciembre como Leonés del Año 1977. «De la villa de Madrid» Otro astorgano de pro también avecindado en la capital de España, su íntimo amigo Lorenzo López Sancho, comentaría a propósito de su camarada en el arduo mundillo de las letras: «Sólo tengo una envidia, que Luisín es cronista de la ciudad de Astorga y yo lo soy sólo de la villa de Madrid». Y es que, efectivamente, también en Madrid se apreciaba y mucho a don Luis, como miembro fundador de la Casa de León e impulsor del traslado a la nueva sede de la calle del Pez, además de asiduo participante en las tertulias denominadas Arco Iris, donde intercambiaba opiniones y vivencias con personajes como Eugenio de Nora, Antonio Pereira y César Aller. Un foro de inteligente debate dirigido por Alonso Luengo y cuyos principios básicos de leonesismo y libertad de pensamiento reflejan a la perfección el cordial carácter de nuestro protagonista. Pero, desgraciadamente, el tiempo no pasa en balde y cuando ya había cumplido los 95 años de edad, en la madrugada del Domingo de Resurrección de 2003, don Luis Alonso Luengo fallecía en su domicilio de Madrid. Así se fue el considerado patriarca de las letras leonesas, provocando una catarata de pésames y condolencias por parte de personalidades con la talla de Manuel Núñez, Michi Panero, Antonio Pereira o el pintor Escarpizo, presente en el momento de la llegada del féretro a nuestra ciudad. Astorga se vistió de luto para despedir a uno de sus hijos predilectos, comenzando a recibirse en el Ayuntamiento decenas de ramos y coronas de flores remitidas, entre otros, por las corporaciones municipales de Hospital de Órbigo, Santiago Millas, la Cámara de Comercio y la Real Hermandad de las Cinco Llagas. En la tarde del 21 de abril se sumaron al fúnebre cortejo otros rostros conocidos, como el del cronista oficial de La Bañeza, don Conrado Blanco, el poeta Felipe Pérez Pollán y el escritor Ricardo Magaz. Así, entre amigos, don Luis Alonso Luengo realizó el último paseo por su querida Astorga, envuelto su ataúd con la Seña, el Pendón de Clavijo, del que tanto escribió en vida. Decenas de astorganos de a pie acompañaron a la comitiva en tan solemne y emocionante acontecimiento, ilustrado con pasajes musicales interpretados por la banda municipal. A la entrada del cementerio sonó el Himno de Astorga , poniendo el corazón de los presentes en un puño, y acto seguido los restos mortales de don Luis fueron inhumados en el panteón familiar junto a los de su esposa Anita. Entre la avalancha de reacciones suscitadas por su fallecimiento, podría destacarse la de otro maestro de la literatura, Victoriano Crémer, quien escribió lo siguiente: «Fue un amante de su tierra, de los amigos y de la obra bien hecha. Morir, Luis, en primavera, es doloroso. Lo siento, compañero del alma, lo siento».

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