Publicado por
PEDRO V. ÁVAREZ COLLAR
León

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RECUERDA UNO aquellas Semanas Santas con olor a cera de velón, cuando los santos de la iglesia se tapaban porque había muerto Jesucristo, cuando venían misioneros (al igual que iban al Africa) a evangelizarnos y nos contaban cosas terroríficas del infierno en el que íbamos a arder si eramos malos. Recuerda uno todo aquello con una claridad absoluta, tal como si hubiera sido anteayer, y habrán pasado ya cuarenta años por lo menos. Recuerda uno las confesiones (obligatorias) por Pascua, cuando se comulgaba antes del alba, para que así fueran los mineros en «gratia plena» al tajo. Toda aquella época que se me viene a la memoria, así en un color entre sepia y blanco y negro, ha hecho de nosotros hombres y mujeres del hoy, niños del entonces, temerosos. Se teme casi siempre, no lo que se ignora, sino lo que se conoce narrado por alguien de manera fantasmagórica, tal y como nos narraban aquellos curas de entonces las cosas de la historia sagrada. Si a nosotros, aquellos niños nacidos en la posguerra de la posguerra, nacidos en tardes de cigüeñas (que decía el poeta), nos llenan la mente de miedos y de cuentos terroríficos de santos mártires que siempre morían defendiendo su fe, antes de renegar, una semana tras otra, no es de extrañar que con el correr de los tiempos ocurra lo que nos ocurre hoy, como digo cuarenta años más tarde, que o bien continuamos temerosos de un dios vengativo y cruel, o bien pasamos del tema sin más. Hoy la Semana Santa se ha hecho más asequible, es un folclore sin más. Solamente tenemos que observar las procesiones capitalinas, donde años atrás una cofradía contaba con sus fieles (por las razones que fuera, religiosas, morales...), pero podía contarlos y hoy casi le resulta imposible dada la manda de papones que alberga cada cofradía y que en algunas ocasiones te cansas de ver, unos tras otros, en un número abusivo hasta más no poder... Bueno excepto aquellas que tienen «númerus clausus», que son las menos... Pero como decía hoy, es algo más humano, no es el sinvivir en que nos sumergían aquellos sonidos escalofriantes de las carracas y las tinieblas en las tardes noches abrileñas, cuando el tiempo meteorológico parecía ser tan gris como los años que corrían. Ahora la Semana Santa se ha convertido en algo turístico, lo mismo que las casas rurales de nuestros pueblos, todas llenas de nietos y bisnietos de la emigración, que alucinan viendo que antaño por estos lares se hiciera fuego en el suelo. Si no fuera por esta inmerecida televisión nuestra, que continúa incitando a la rebelión y nos programan por estas fechas, año tras año la película de «Espartaco», apenas nos enteraríamos la época en que estamos. Con una temperatura casi veraniega (de momento), y unos corros de chapas cada año que transcurre más menguados, apenas nos percatamos de que estamos viviendo la semana santa. Y con la que está cayendo gracias a los americanos allá por Oriente Próximo, como para decir que vamos a matar judíos... Lo mejor en estos días que corren es coger la tienda de campaña, cuatro bocatas y escapar a la braña de Sosas, que es de las pocas que queda impoluta de cielos abiertos. Llegas a las faldas del Cornón, te tumbas bajo una escoba y, puedes escuchar el silencio sin que nada ni nadie te interrumpa. Por lo menos estarás alejado de los ruidos de tambores. Unos anuncian la Semana Santa, pero los otros son de la guerra con que se despiden los que se marchan.

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