CARTA TE ESCRIBO
De liebres y mastines
QUERIDO hermano: Se le cayó la boina, mínima, que lució el Teleno por Todos los Santos. Se barruntaba un invierno adelantado, de neviscas, cierzos heladores, nieblas perdedoras y noches de aullidos y lobos. Se quedó en barrunto, pero bueno es el inicio. Peor invierno le espera al mastín leonés al que, desde la Junta, quieren negarle su oficio, su historia, su raza. Ya los viste, encadenados por las calles de Ponferrada, como pidiendo perdón por haber sido, durante siglos, el fiel acompañante del pastor, el guardián incondicional de churras y merinas, el vigilante incansable, ahuyentador de intrusos en el redil y vigía constante de aquellos cancillares que amajadaban centenales en nuestra niñez. La jodimos , tía Manuela, me soltó Nolete cuando dábamos cuenta de un tinto mientras la Rosario aprovisionaba la despensa. Nadie puede creerse eso del daño a la caza, y sus consecuencias, porque esos perros deambulen delante, detrás o al lado, según las circunstancias lo requieran, de un hatajo de ovejas. La placidez de un mastín, solamente puede alterar el pulso de un político miope que firma una sanción al pastor José Antonio Díez, alegando daños a la caza. Un mastín, bien lo sabes, o agarra la liebre encamada, y al conejo ciego por la mixomatosis, o si no es incapaz de verles el rabo. Con ese hueso, los políticos que vayan a otro perro. Recuerdo, hermano, cuando padre bajó de Babia aquel rebuño peludo y juguetón al que bautizó Oliveros. Las lecturas invernales de madre, aparte del Año Cristiano, andaban entre Oliveros de Castilla y Artús de Algarve , recuerdas, junto con Las babuchas de Abú Kásem , al que yo admiraba más que ahora a ese Ben Laden, que Alá confunda. Pues Oliveros se llamó aquel pelotón canela que tragaba harina por cuatro. Claro, así llegó a sobrepasar los 60 kilos, o más, en un santiamén. ¡Cuantas veces me sirvió de dócil montura¡ Debía de tener como año y medio cuando tropezó, por primera vez, con el lobo; fue por Canal o Quintana; la paliza que recibió debió de ser de aúpa; decía Antonio, el Chino , aquel sabio pastor, que lo confundió con otro perro y se fue a jugar con él. Como buen mastín, Oliveros se lamió las heridas; con la ayuda de alcohol y zotal cicatrizaron los rasgones y él espabiló la leche. Porque un mes después, por los Arenales, con la lección aprendida, le pegó la más sonada curribanda a dos buenos ejemplares; estaban las cancillas en el Picón; las bestias merodeaban el rebaño y sin que nadie lo embiscara se fue a ellas como una exhalación. La pelea fue antológica -contaba Antonio- y aunque salió con una oreja con señal de ganadería brava, nunca jamás el lobo volvió a importunar al rebaño. Oliveros, pachorrón, lento, babeante, husmeaba 200 metros delante del rebaño. Él sabía por raza, por genes, que la vigilancia del cancillar había que realizarla a distancia; se pasaba la noche dando vueltas en torno al mismo, ojo avizor y olfato listo, por si el enemigo intentaba jugársela. Desde aquella épica pelea, santo remedio. Oliveros en la proa y la Leona en la popa tenían el rebaño a resguardo; la Silvela -decía Antonio que solo le faltaba hablar- careaba magistral, y el Chino se sentía rey del erial y el rastrojo. Ahora, hermano, al mastín le salió el peor enemigo; el hombre disfrazado de político, mejor dicho el político disfrazado de hombre. Primero intentó llevarse la sede; ahora quiere eliminar al perro. Les entró la ventolera, están decididos a poner puertas al campo, cegar la mirada cansina de nuestro perro por excelencia. Y no es eso; el mastín es perro de aire libre, de ganado, amigo del pastor y enemigo declarado del lobo; esa es su naturaleza. Con carrancas se lo voy a embiscar a esos inútiles. Para que aprendan que no es cazador.