CARTA TE ESCRIBO
El gobernador y el riego
QUERIDO hermano: No hace falta que me atosigues con lo del agua y el gobernador. Te lo cuento, asegurándote su certeza pues aún somos un puñado los que supimos del lance. Me vino a la memoria a cuenta del pleito que se traen los manchegos y murcianos por mor del agua. Mucho me temo que la ministra Narbona anda un tanto despistada, desorientada y, como diría Nolete, despendolada. Ahí la tienes, aferrada a una obra franquista mientras ciega otras posibles salidas, tan válidas como el Tajo-Segura. Creo que era Ameijide Aguiar el gobernador, o tal vez su antecesor. Pero la sentencia que dictó, razonable entonces, puede tener aplicación hoy día. Eran tiempos, aquellos años 50, de escasez en todo; también en agua. Eran tiempos de muchas noches en vela para regar un linar, de guardar turnos, como este año; de discusiones y vocerío, enfrentamientos y alguna cueta de azada en alto amenazando romper la crisma al vecino turrión. Tiempos en los que fui testigo de cómo un mozo suplicaba a una moza que dejara correr el agua moldera abajo, que él tenía preferencia, cosa cierta; y ella espernancada en la tapadura no se avenía a razones ni súplicas; harto el mozo de contemplaciones se arrancó, y la remojó bien remojada, con unas aguadillas en la balsa. Mano de santo, hermano; con el tiempo, no mucho por cierto, se casaron y siguen tan felices. No te impacientes que ahora va lo del gobernador. En aquellos años de escasez -ya te dije que Narbona no debía de haber nacido siquiera- el pueblo, digamos X, era el último en regar por una presa que ahora, pomposamente, llaman canal. Y como era el último el agua, no mucha, le llegaba el domingo, para que guardaran la fiesta de presa en reguero, de acequia en moldera y de embelga en surco. Cierto año, ya con embalse en periodo de pruebas, aumentó el caudal pudiendo regar los del pueblo Y, al que los del pueblo X traspasaron la guarda dominguera. Pero, hete aquí hermano que el pueblo Y disfrutaba un cura-párroco muy dispuesto, arremangado diría el abuelo. Ni corto ni perezoso nuestro cura con una comisión vecinal decide visitar al gobernador. El pueblo es católico, apostólico y romano, tiene no sé cuántas cofradías, Adoración Nocturna con la consiguiente fiesta de las espigas cada año, una Semana Santa que no veas, de túnicas moradas, nazarenos y cantos en gregoriano; y todos sus feligreses, todos eh, cumplen con Pascua Florida y la fiesta dominical de misa, vermut y mesa. Si ahora tienen que regar en domingo, pecarán. Pide, con humildad eso sí, y asentimiento de los vecinos comisionados, que el gobernador varíe el turno; que sigan regando en domingo los del pueblo X, que al fin y al cabo ya están acostumbrados, que tienen algo de la cáscara amarga y ni siquiera han decidido implantar la Adoración Nocturna, ni nada. Don Luis debió alucinar ante semejante propuesta; ahí estaba la reserva y guarda de Occidente. Así que ordena a su secretario, aquel ejemplar funcionario Aparicio, que le aporte un mapa de la provincia. Extendido sobre la mesa, indaga; ¿dónde está el pueblo X?; aquí, señor. ¿Y el pueblo Y?; aquí, señor. O sea, que ustedes están más abajo. Sí, señor, pero mis feligreses... Sí, sí, ya sé que les gustaría guardar el domingo; mire padre, cuando el agua corra para arriba, venga que le cambio el turno; mientras corra para abajo su pueblo será el último en regar, si es que hay agua; y bien sabe usted que sus feligreses no pecan. Como tienes vara alta en Moncloa, cuéntaselo a Cristina; y a Zapatero; algo aprenderán. Un abrazo fraterno.