Diario de León
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MARTÍN MARTÍNEZ
León

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QUERIDO HERMANO: No sé por ahí; en esta banda, la verdad es que el paraguas se ha usado poco; esperábamos la lluvia más abundante y nos ha dejado con eso, con la esperanza; poca, escasa ha caído para las necesidades existentes y las que se avecinan; nos conformamos, no obstante, porque, menos es nada. Pena me ha dado ver la foto que esta semana ofrecía el Diario de León del lago de La Baña. Las gentes del pueblo denunciaban la desidia de las autoridades autonómicas, por el aspecto que presentaba aquel paisaje que un día conocimos como idílico y nemoroso remanso de paz. Creo que Bayo se pasó en la crítica culpando a la Junta de la pequeña palangana en que ha quedado convertido el ya de por sí pequeño lago. Sin embargo, sí que le doy la razón a los bañeses respecto al absoluto abandono del paraje que en su día, allá por 1990, se declaró Monumento Natural, y por ello protegido; allí, hermano, no se protege nada. Subí por primera vez a la Picona, pasando por el lago, hace 40 años; andaban los de Semi hincando postes para llevarles la electricidad a aquellos pueblos; en el lago estaban a las truchas -naturalmente en tiempo de veda- un primo de Carrilano y otro amigo. Desde la embocadura de la morrena a Montera Cavada era un praderío inmenso y precioso, un tapiz verde a pesar de ser finales de septiembre -habría llovido- donde triscaban más de dos mil ovejas que no bajaban al pueblo desde abril; varios centenares de vacas hacían lo propio como la docena que arreaba Rogelio, un rapaz listo como el hambre, cuyo único trabajo era recoger los últimos ambruños para que su madre los ahogara en orujo, buscar la mejor vara para una buena ijada y meterse en el lago y agarrar por las agallas una buena trucha. Sube ahora, hermano, y verás la diferencia. Hasta el mismo lago, todo el valle es una cantera, paisaje lunar de explotación de la pizarra. Casi todos dicen que no; pero a lo peor tiene que ser así para asentar algo de población. La última vez que subí, no hace mucho, un cartel anunciador del Monumento Natural era pura chatarra, derribado, retorcido, apedreado, roto; se veía que así llevaba varios meses; aquellos praderíos que te he citado no existen; se los han tragado los piornos y las escobas; las juncas, zarzas, escaramujos y agabanzas han invadido todo el valle hasta el mismo borde del lago, han hecho desaparecer caminos y sendas siendo casi imposible acceder a los manantiales del Cabrera. El delito es, hermano, que tampoco se veía trabajo alguno de limpieza y mantenimiento, así que el día que allí se declare un incendio todo el Monumento Nacional se va a tomar por saco, como Sanabria. De la sequía nadie tiene la culpa; de esto, del abandono, del avance de la maleza, de la desaparición de los prados, de la catástrofe que puede ocurrir cualquier día sí tiene la culpa alguien. Después que no se la carguen a la cultura del fuego; que no culpen a los ganaderos que ya no hay y tienen prohibido introducir sus ganados en esos terrenos, que limpiarían de maravilla; ni a los labradores, que no existe un solo rastrojo, porque desde los despachos y bares de la ciudad es muy fácil culpar a los más cercanos.

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