Diario de León

En Arintero ya no queda ni la dama

La fortísima despoblación impuesta por la sociedad de consumo convierte la zona en un enclave desierto, con solamente cuatro de los casi setenta habitantes que tuvo hace años

Escudo que confirma la leyenda de la Dama de Arintero

Escudo que confirma la leyenda de la Dama de Arintero

Publicado por
Enrique Alonso Pérez - león
León

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Encajado en la histórica hermandad de Los Argüellos, adscrito a uno de los tres concejos argollanos, el de Valdelugueros, -los otros dos son Cármenes, de La Mediana y Villamanín, de La Tercia- agoniza sin remedio uno de los pueblos que un día fue el epicentro de toda una comarca cargada de privilegios y exenciones fiscales gracias a la liberación conseguida por su hija más distinguida: la valerosa Dama de Arintero. Hoy, en contraste con el ritmo impuesto por la sociedad de consumo concentrada en las ciudades, el lugar de Arintero ofrece los privilegios más permanentes, los que la naturaleza puede otorgar: la paz bucólica de un entorno cuajado de múltiples perspectivas sugerentes y la envidiada situación de un marco circundado por altos picachos en conexión con uno de los más atractivos valles colaterales del río Curueño. Si tuviésemos ocasión de darle hacia atrás a la moviola, encontraríamos al pueblo de Arintero, a mediados del siglo XIX, con una población de 67 habitantes, un cura presentado por los vecinos y dos beneficiados: uno de presentación por el Conde de Grajal y el otro por el pueblo. Y allá por los años veinte del pasado siglo llegó Arintero a contabilizar hasta 96 habitantes, mientras que en el censo del año 1950 había disminuido en más de la mitad -45 almas-. El año 2005, según hemos podido contrastar «in situ», Arintero languidece, y de sus cuatro vecinos censados, uno de ellos, Goro, vive ya en Boñar con su sobrino; Rodrigo, ya octogenario y solterón, dejó atrás la fructificación de sus esquejes; Tomás y Luis, con cuatro y cinco miembros en casa, mantienen una remota esperanza de continuidad humana en el lugar de Arintero, cuyos últimos escolares tuvieron que bajar a las Escuelas Hogar para terminar la enseñanza obligatoria. A 1320 metros Y decimos bajar, porque Arintero se encuentra a 1320 metros sobre el nivel del mar -Pajares está a 1325-. Bien sabe de estas bajadas el bueno de Pedro, el hijo de Tomás, que cumple cotidianamente con su trabajo de vigilante jurado en el Museo de la Fauna Salvaje de Valdehuesa y tiene su ración diaria de carretera desde Arintero, pasando por La Vecilla y Boñar, hasta remontar al Museo, dejando en el medio la peña de La Forqueta, cuyo relieve divide las cuencas del Curueño y el Porma. Algunos autores, como el Padre Maximiliano G. Flórez en su libro La Montaña de los Argüellos , aseguran que el nombre de Arintero se debe en origen al de «Argentero», en relación con la plata, pero no porque este noble metal se prodigue en el entorno, sino porque el reflejo del sol en sus calizas montañas le da un aspecto plateado que produce esta ilusión. Mitos y leyendas Sería imperdonable pasar por alto la hermosa leyenda que recorre la Montaña Central leonesa protagonizada por la heroína que dio fama y renombre a su pueblo de Arintero. Muchas son las versiones que recoge la literatura romanceada en distintos puntos de la montaña, y hasta fuera de la provincia de León. Todos ellos presentan una constante: la tristeza de un padre que sólo tiene siete hijas y ningún varón que le pueda lberar de servir al Rey -Fernando el Católico- en la guerra que sostiene en la ciudad de Toro contra el monarca portugués casado con la aspirante al trono español, Juana «La Beltraneja». «Calle usted, mi padre» Pero el señor de Arintero, aunque a pesar suyo, recibe la incondicional ayuda de su hija Juana, que según la leyenda, se dirigió a su padre de la siguiente manera: «...Calle usted, mi padre, calle/ no eche, no, esa maldición/ si tiene usted siete hijas/ Jesucristo se las dio./ Cómpreme armas y caballo,/ que a la guerra me voy yo/ Cómpreme una chaquetilla/ de una tela de algodón/ para apretar los mis pechos/ al lado del corazón...» Y de esta manera, nuestra brava montañesa se alista con la milicia real haciéndose llamar «El Caballero Oliveros», hasta que uno de sus muchos arrojos junto al enemigo, se le desabrocha el jubón y quedan al descubierto sus atributos de mujer ante el asombro de sus compañeros de armas, que hacen llegar el suceso a oídos del Rey Fernando, quien llama a la joven Juana a su presencia y, a pesar de su visible sofoco, le dice: «...Oliveros, no me mientas/ que yo sé por lo que es/ que valiente como un hombre/ tú eres una mujer...». Otra de las constantes que se dan en todas las versiones, es la de los privilegios que el Rey concede a Juana por su demostrado valor y servicio a la Corona: «...Toma esas concesiones/ y vete para tu casa/ que jamás servirá al Rey/ ninguno de la tu raza.// Poseeréis todos los montes/ y no pagaréis portazgo/ y allí tú disfrutarás/ con títulos nobiliarios». Versiones varias Pero donde no se ponen ya de acuerdo las versiones consultadas, es en el final de la Dama de Arintero, que unos la dan un trágico desenlace con la muerte violenta en el pueblo de La Cándana a manos de unos soldados enviados por los propios Reyes Católicos, mientras que otros, más coherentes, rechazan plenamente esta violencia por no ajustarse, ni mucho menos, al estilo mesurado y ecléctico de Isabel y Fernando. Dicen la tradición y la historia que fueron los dos monarcas quienes se distinguieron siempre por la delicadeza con que trataron a sus súbditos, especialmente a los que les sirvieron con honradez y entrega.

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