Entre esperanza e indiferencia
La comarca de Omaña celebra su primer aniversario como zona declarada como Reserva de la Biosfera. Lo que al principio se presentaba como limitaciones ahora es una «excelente plataforma» de reconocimiento
«Mi generación vivió una juventud muy mala y, sin embargo, tenemos una vejez inmejorable, pero quedamos pocos para disfrutarla». La reflexión de Benigno, de 81 y vecino de Montrondo, una pequeña localidad leonesa dependiente del municipio de Murias de Paredes, en Omaña, suena a profecía. Cuando llegan reconocimientos, como la declaración que considera a estos parajes como Reserva mundial de la Biosfera, estos pueblos casi se han vaciado. Toño Sabugo, de 37 años, pedáneo de Murias de Paredes, mantiene el optimismo, «ahora que Europa se reseca, aumenta la temperatura y lo que escasea es el agua limpia y el frescor, nuestros prados, el río y el monte, adquieren un valor único». Begoña, artesana de la madera, recaló en este angosto valle hace cuatro años y lo tiene claro, «este paisaje engancha y la gente te acoge como si hubieras nacido aquí», se recoge en la agencia Ical. Una puerta a la esperanza se abrió cuando la Unesco distinguió a esta comarca leonesa, limítrofe con Luna y el Alto Sil, con el título de Reserva de la Biosfera. La nominación venía envuelta en un ofrecimiento de alternativa de desarrollo que abarca la totalidad de la Cordillera Cantábrica, «destinada a propiciar un ecoturismo de calidad, así como actividades económicas compatibles con el medio ambiente». Cuando el 29 de junio de 2005 este organismo dependiente de la ONU incorporó a Omaña a la red del programa Hombre y la Biosfera, las campanas no tocaron a concejo en los quince núcleos que forman parte del municipio de Murias de Paredes para anunciar la buena nueva. Las limitaciones impuestas por la Administración para proteger los abedulares más importantes de España, impidieron que se continuara utilizando su madera para construir vigas y cabrios para las casas o madreñas. Sin embargo, con los nuevos tiempos todas estas tradiciones, que han quedado arrumbadas, adquieren valor, y, un año después, los omañeses comienzan a estimar que ese diploma que les nomina como Reserva de la Biosfera es más que un calificativo laudatorio. Es una «excelente plataforma» para que se conozcan en todo el mundo los magníficos abedulares, las extensas brañas donde aún pastan los rebaños de ganado vacuno y las manadas de caballos, o las fuentes cristalinas donde brotan las aguas del Omaña, en las laderas del Tambarón, el pico que, con sus 2.100 metros, preside este angosto territorio. Pero, por encima de todos estos atractivos paisajísticos, Omaña es un pequeño tesoro etnográfico.