Diario de León

La tradición de los cotinos

El antiguo Hospital de San Antonio vuelve de nuevo a la memoria, para recordar el papel de enclave fundamental entre el campesinado leonés desde finales del siglo XI

Aspecto que presentaba el antiguo Hospital de San Antonio Abad, en una lámina de la época

Aspecto que presentaba el antiguo Hospital de San Antonio Abad, en una lámina de la época

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Enrique Alonso Pérez - león
León

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En recuerdo de la pasada fiesta de San Antonio Abad, de múltiples connotaciones entre el campesinado español, queremos dedicar nuestra secuencia semanal al viejo hospitalón del santo ermitaño, que durante nueve siglos ocupó el solar sobre el cual hoy se levanta la espléndida casa de Roldán, en la plaza de Santo Domingo, y las casas adyacentes al viejo consistorio municipal de San Marcelo. Enclave que se puede admirar en la bella maqueta adquirida por la Diputación Provincial, diseñada por el inolvidable farmacéutico, Emilio Salgado Benavides, tras cinco años de intensos y minuciosos trabajos, ubicada hoy en la Biblioteca Regional «Domínguez Berrueta». Fue creado nuestro hospital allá por finales del siglo XI, y desde su fundación por el Obispo Pelayo, hasta su demolición, por traslado, en el año 1922, estuvo bajo la administración directa del Cabildo y obispos legionenses. La lectura de los dos primeros artículos que componen el total de los estatutos aprobados en el año 1906, nos proporcionan datos concretos de cómo se regía esta institución benéfica: «Artículo 1º.- La administración de este hospital, que fundado en el siglo XI por el obispo y Cabildo ha atravesado nueve siglos en un estado próspero ajo u patronato y dirección, se ejerce por medio de un administrador de «Corpore Capituli», elegido alternativamente por el Prelado y Cabildo, de forma que una vez elige el Prelado solo y otra vez el Cabildo, sujetándose éste a las reglas consignadas para la elección de personas. Artículo 2º. «El cargo de administrador del hospital durará tres años y tanto el Prelado como el Cabildo podrán reelegir, pero por una sola vez, al anteriormente elegido, el cual no podrá ser reelegido por segunda vez, debiendo espera a que pase otro turno». Abadía de San Marcel En la época de su fundación, el hospital estuvo adscrito a la primitiva abadía de «San Marciel» -antecedente de la que más tarde hemos conocido con la misma titularidad del Santo Centurión, pero con el nombre castellanizado de San Marcelo-. Hasta 1531 se denominó con el apelativo de este santo leonés; pero en este año, el último abad de San Marcelo, don Guillén de Prates, de conformidad con el obispo y Cabildo, convinieron en extinguir aquella dignidad y que sus rentas se aplicasen al hospital, que se reconocería en lo sucesivo con el nombre de San Antonio Abad. Estaba en extramuros Como todos los establecimientos hospitalarios, se encontraba a extramuros de la ciudad, pero León había ido creciendo y poco a poco el viejo hospital quedaba integrado en el conjunto ciudadano, precisamente por la parte llamada a dispararse en el proyectado ensanche de la ciudad. El propio director-jefe de la clínica quirúrgica, Emilio Hurtado Merino, describía la situación del edificio, en una monografía publicada en diciembre de 1904, con el título de «Frutos del Hospital de León», de la manera siguiente; «El emplazamiento de este hospital, higiénicamente considerado, tal vez sería bueno en los tiempos de su fundación; pero hoy, es indiscutible que el edificio ocupa uno de los más impropios puntos de la ciudad, y que gracias al exquisito aseo, a la higiene y al orden que de todo género reina en su interior, es muy poca o nula la influencia que ejerce en la pública salud. Mas ante el considerable desarrollo que en la actual época ha adquirido esta ciudad, en la que está triplicado el número de habitantes que tuvo en la Edad Media y se aproxima a veinte mil, resulta que hoy el hospital de San Antonio Abad casi se halla en el centro de la población...» Pocos años más tarde, en 1911, la prensa leonesa recogía la noticia de una reunión en el Gobierno Civil, en la que el asunto central a tratar, era la conveniencia del traslado del hospital hacia otras zonas periféricas con pocas posibilidades de expansión. Once años después, desaparecía el multisecular hospitalón que dejaba vía libre a la nueva estructura de la plaza de Santo Domingo que todos conocemos. Por aquello de que León siempre fue un hito de renombre en la ruta compostelana, el hospital descrito se encontraba en cierta manera, encajado en la red de establecimientos de este tipo, que prestaban auxilio a los peregrinos; red que se había ido formando al amparo de la Orden de San Antón, que a propósito de velar por la higiene y cuidado de los romeros, debía su patronazgo al caballero don Gastón. Mal de ardientes Y como dieron en menudear los enfermos atacados de cierto morbo que las gentes llamaban «mal de ardientes», la benéfica orden estudió el origen de la inoportuna enfermedad, que se cebaba precisamente en los angustiados caminantes a Santiago. Pronto se detectó la coincidencia de que todos los atacados, habían comido pan de centeno -siglos más tarde se supo que esta enfermedad no era otra que el ergotismo producido por el hongo venenoso que parasita ciertas gramíneas, y que recibe el nombre de «Cornezuelo del Centeno»-. Por eso la Orden de San Antón, convencida del por qué de la enfermedad, acudió prestamente a su remedio, y a lo largo del Camino de Santiago se repartía el llamado «Pan de San Antón», que consistía en unos pequeños panecillos signados con la Cruz «Tau» y compuestos de harina de trigo, sin fermentos ni sal, que inmediatamente hacían efecto a los enfermos, al suprimir la ingestión de nuevas dosis de centeno parasitado. Hasta los Altos de la Nevera Y así llegaron a nuestros días los curiosos panecillos, que perdido ya el sentido de su primitiva aplicación terapéutica, comprábamos a la puerta del Hospital de San Antonio -trasladado ya a los Altos de la Nevera- con el ánimo de comerlos por tradición más que por gusto. Tradición que hoy mantiene la Iglesia de Navatejera a la salida de la Misa de San Antón, el día 17 de cada mes de enero. No son muchos aquellos que, actualmente, conocen la historia narrada por San Antón, el patrón de los animales, que fue uno de los primeros santos del cristianismo que marchó al desierto buscando a Dios. En sus horas de soledad, encontró la compañía de un cuervo que le entregaba diariamente un panecillo, motivo por el cual se ha considerado el patrón de los animales. Cada mes de enero se le recuerda con actos como el que a mediados de enero sirve para honrarlo.

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