Diario de León

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Los vecinos, a la expectativa por la venta... y por las tallas

En Grajal ahora se rumorea que las monjas también quieren llevarse las campanas. El pueblo está más preocupado por las imágenes «robadas» que por lo que el futuro deparará al convento

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A. Díaz / A. Calvo - grajal de campos
León

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Los rumores corren en Grajal como la pólvora. La última nueva es que las monjas quieren llevarse también a Toledo las campanas de la iglesia del convento, que ellas crearon al fundir un gran «campanón» del 1800 que se partió. Pese a todo, las tres tallas que ahora residen en Castilla-La Mancha -el Cristo Yacente, San José con el Niño en brazos y la Inmaculada Concepción- siguen siendo el mayor «resquemor» de los vecinos. «Éste es el mayor disgusto que puede haber. Las monjas deben dar ejemplo de virtud devolviendo las tallas y la iglesia», comentaron ayer dos mujeres a la sombra del convento, en una parada de su paseo diario. Qué ocurrirá con el convento, si acabará siendo un hotel o si la venta ya está cerrada o no, no les preocupa tanto. En el fondo, echan de menos a las carmelitas. «Antes que un hotel yo prefiero a las monjas», señaló una de ellas, aunque después añadió que con el hotel se crearán puestos de trabajo, «y a lo mejor llegan nuevos vecinos y jóvenes que es lo que hace falta aquí». En toda Tierra de Campos La situación del convento y el enfrentamiento con las carmelitas sigue siendo el centro de todos los comentarios en el pueblo. Incluso en Sahagún. «¿Sabes que van a hacer un hotel en el convento de Grajal?, las monjas lo han vendido», comentaron entre cortos y tapas unos sahaguninos en un bar de la plaza Mayor. En Grajal, más de lo mismo. Recortes de periódicos pueblan las paredes del bar de la localidad. En todos, una única referencia, la batalla entre el pueblo y las monjas por la titularidad de las tres tallas y la iglesia. «Eran casi 20 las monjas que estaban aquí. Todavía no entiendo por qué alegaron que había problemas de terminas, si querían irse, que se fueran, pero sin llevarse nada», comentó un parroquiano en el bar de Grajal. Todos los vecinos están a la expectativa de lo que pueda suceder. Sin embargo, entre temores por lo que pueda llegar a convertirse el convento, una esperanza. Todos alaban la actitud del representante de la empresa que ha adquirido el cenobio. «Dicen que cuando él estaba dentro las puertas estuvieron abiertas para que los vecinos pudiéramos entrar a ver el convento», le dijo una de las mujeres a la otra mientras reanudaron su paseo. Pese a todo, muchos fueron los vecinos que aprovecharon a entrar al complejo monacal cuando fue atracado el pasado mes de enero. Ahora, el convento permanece cerrado a cal y canto y nadie en el Grajal de Campos tiene llaves para acceder al recinto. Sólo los nuevos propietarios. Todos los días los vecinos ojean los periódicos: «A ver cuándo vemos que han comenzado las obras».

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